CROACIA (Julio, 2010)

Este verano del 2010,la casualidad nos ha llevado a Croacia. Comenzamos intentando reservar la India y luego Noruega, pero todos los aviones daban lista de espera; y como a nosotros realmente el destino nos da igual siempre que no lo conozcamos, surgió este plan para conocer Croacia y allá que nos hemos ido. Como estábamos cansados y no teníamos ganas de “buscarnos la vida” yendo por libre, en esta ocasión (¡y sin que sirva de precedente!) hemos elegido un circuito organizado incluso con pensión completa para no tener que decidir ni dónde comer...¡¡ pero creo que ha sido mucho más agotador que si lo hubiéramos hecho por libre, como casi siempre!!
El viaje ha durado 8 días y hemos visitado algunas de las ciudades más bonitas de este precioso país, además de su capital, Zagreb, verdaderamente sorprendente.
El día anterior al vuelo decidimos ir a dormir a Madrid, para no pegarnos el madrugón, donde Visi nos esperaba con la cena y el garaje preparado para dejar el coche.
A la mañana siguiente nos fuimos a la T4 en metro, y sin ningún problema facturamos y salimos con 15 minutos de retraso nada más (dado que en Barcelona los sinvergüenzas de los controladores estaban en huelga aunque según ellos eran bajas por el estrés que les ocasiona sus condiciones laborales ¿se pude ser más sinvergüenza??)
Llegamos muy rápidamente pues el piloto recuperó el tiempo perdido y a las 14:00 ya estábamos en Dubrovnik, instalados en el hotel Petka frente al puerto nuevo (ver crítica en TripAdvisor) y en autobús de camino a la ciudad antigua para comer. El calor – todo hay que decirlo- era espantoso; según el guía Juan Pedro un calor inusual. Dimos una vuelta para contactar con el entorno y nos metimos en un pequeño local muy, muy recomendable para comer (con aire acondicionado, aunque también tenía terraza fuera): Koroba Dundo Maroje (dos callejuelas a la izquierda antes de llegar a la torre del reloj;
Posteriormente y tras el café, deambulamos un poco por el centro histórico y subimos a recorrer los casi 2 Kms. de muralla, con un calor espantoso, pero una experiencia que merece mucho la pena, por lo curioso y las vistas. A medio camino repostamos con unos cafés con hielo en la terraza de un bar muy coquetón, en una de las torres de la muralla, con vistas espectaculares y a la sombra de enormes sombrilla. Tras concluir el paseo, bajamos, nos compramos otro refresco y nos sentamos a tomarlo en los escalones de la fuente de san Onofre, del 1004, en el pasado el principal punto de abastecimiento de agua de la ciudad, con sus 16 caños, que se alimentaba gracias a un acueducto subterráneo que finalizaba en ella.
Paseamos por el centro, por la calle principal (Placa o Stradum) y calles anejas, y de vuelta en bus para cenar en el hotel.
El día siguiente nos dirigimos en bus bordeando toda la costa en dirección norte hacia Trogir, donde llegamos sobre las 13:30. Es una ciudad toda amurallada construida sobre una pequeña isla (aprox. 1 km²) situada entre el continente y la isla de Ciovo; el casco antiguo o centro histórico es Patrimonio de la Humanidad desde 1997 y en él visitamos la lonja con un techo artesonado en azul, la catedral de san Lorenzo, la plaza y recorrimos multitud de encantadoras callejuelas. Luego fuimos a comer a un restaurante al lado de la puerta de acceso a la isla y el mercadillo de la ciudad. Posteriormente paseamos por la ribera y tomamos café en la terraza de una cafetería de la plaza vieja.
Por la tarde, continuamos, bordeando la costa, el viaje hasta Zadar. El mar Adriático en la costa de Croacia es impresionante: muy tranquilo, limpio, limpísimo, aguas verdes turquesa y absolutamente transparentes y salpicado por cientos de islas e islotes (Croacia tiene más de mil islas). El viaje fue un poco largo pero muy agradable por los espectaculares paisajes que fuimos recorriendo.
Al atardecer llegamos a Zadar, al hotel Porto (ver crítica en TripAdvisor). Descansamos, leímos un poco y bajamos a cenar... ¡¡¡Y NOS ENCONTRAMOS ALLÍ A DOS COMPAÑEROS DE ALBACETE DE LOS INSTITUTOS DE DOMINGO Y MÍO: A ISABEL Y A ENRIQUE, que iban con más gente!!! ¡¡¡Vaya casualidad!!! ¡¡Qué sorpresa!!
Después de la cena –por cierto, un buffet buenísimo-fuimos, al igual que ellos, a visitar la ciudad de Zadar que estaba atestada de gente. Nos sorprendió, en el paseo marítimo, lo que llaman “El órgano del mar” que es un órgano construido bajo el paseo (desde los escalones donde te puedes sentar sólo se ven los agujeros) y cuyos tubos suenan según el movimiento del agua. Es impresionante y muy curioso (a mí, una de las cosas que más me llamó la atención del viaje). También el “Monumento al sol” (un círculo grande en el suelo hecho con cristal y con placas solares que se cargan durante el día y por la noche emiten multitud de luces de colores diferentes que van cambiando aleatoriamente. Bien. Luego dimos una vuelta por la ciudad, un poco angustiosa por la multitud que abarrotaba las calles, bares y terrazas, además en la plaza había un festival de música. Pasamos por un mercadillo y me compré una pamela porque no tengo sombrero y mañana han dicho que el calor será mayor (38ºC y al lado del mar que es algo insoportable)
Al día siguiente visitamos, acompañados ahora por el guía todo lo que Domi y yo vimos la noche anterior: me gustó especialmente la plaza de los 5 pozos (construida en lo que era el foso, en el XVII), la iglesia redonda de san Donato (prerrománica con influencia bizantina, del siglo IX) , la torre del reloj, el foro romano y la catedral de santa Anastasia cuya fachada recuerda mucho a las construcciones italianas. Luego, por libre, cruzamos el río por el puente peatonal y fuimos a conocer un poco la ciudad moderna que es espantosa, con típicas construcciones comunistas, oscura y feucha.
Por la tarde continuamos viaje hacia la Ribera de Opatija donde nos hospedamos en un hotel, Grand Hotel 4 Opatijska Cvijeta, mejor que los anteriores pero con aire bastante clásico y pasado de moda (nos recordaba mucho a la zona de Estoril y Cascáis: tuvieron su momento de gloria y ahora tienen un aire “demodé”, muy de principios del siglo pasado; aunque mantienen cierto encanto. Hay que decir que consta de 4 edificios y algunos son más modernos). (Ver crítica en TripAdvisor)
Es una ciudad antes muy mundana en la cual, desde la mitad Siglo XIX residieron los reyes, los emperadores, aristócratas, personas muy ricas y artistas famosos. Se llamó, la “Niza austriaca”. El primer hotel de la ciudad data de 1840. Paseamos por un oculto camino a la orilla del mar que bordaba toda la zona, muy, muy agradable y fresquito, y luego bajamos al centro. Esta tarde es una tarde para el descanso y el relax (que ya hacía falta en este viaje). Una zona tipo balneario bonita y agradable.
Lo mejor: El buffet de la cena del hotel: espectacular, variadísimo y todo exquisito.
Al día siguiente cruzamos la frontera para ir a Eslovenia (por cierto, un país que hay que visitar próximamente porque tiene una pinta buenísima); aunque los trámites fueron lentos, nada comparable al paso a Israel. Nos dirigimos a visitar las cuevas de Postojna, las segundas más grandes del mundo. Como nos sobró tiempo a la llegada, fuimos también a ver el castillo de Predjama que es muy interesante y está en un enclave muy especial. Allí compramos un producto típico: un tarro de miel aromatizada con arándanos, otra con canela y otra con naranja. Delicatessen!!
Las famosas cuevas, de 20 Kms. de galería descubiertas hasta ahora, están muy bien organizadas; la visita dura dos horas y a ellas se accede en un trenecito descubierto que trascurre entre estalagmitas y estalactitas a lo largo de dos Kms. y con un frío “pelón” (de 8 a 10 ºC constantes todo el año en el interior). Da la impresión de estar en un parque de atracciones. Son como las de Nerja, pero a lo bestia. El resto, otros 2 Kms. se hacen andando. A mucha gente fue lo que más le gustó del viaje. Bien. Hay que destacar que en esas cuevas habita un anfibio, una especie de lagartija grande, lisa, blanca, acuática, y ciega, que sólo vive ahí (la vimos en un acuario que había en la cueva, pero a mí me dio pena del animal, como me suele pasar en acuarios y zoológicos; los energúmenos de los niños, y no tan niños, daban golpes en el cristal para que se moviera, y la gente, españoles, of course, no respetaban lo de “no flash”, y el pobre animal trataba de escabullirse entre las míseras dos rocas que le habían puesto para simular su hábitat; al menos, nos dijeron que van cambiando a los bichos para que no se estresen demasiado); el nombre vulgar es "Pez humano" pero su nombre científico es "Proteus anguinus". Me resulto muy triste y me llevé un sabor amargo de las famosas cuevas. Creo que sería preferible poner fotos del animal para que lo vea la gente y dejarlos en paz en las profundidades de las cavernas. Es un espectáculo deprimente; pero las grutas son interesantes. Comimos en el restaurante de las cuevas y después partimos en dirección a Zagreb, la capital de Croacia. Llegamos al hotel, Laguna (ver crítica en TripAdvisor), que está muy bien, nos instalamos y rápidamente Domi y yo nos lanzamos a la calle a coger un tranvía para ir a dar una vuelta por el centro. Como mañana visitaremos la Ciudad Alta con un guía, nos quedamos paseando por la Ciudad Baja (nueva): La plaza de Ban Josip Jelacic (centro neurálgico y comercial donde está la Oficina de Turismo en la que pedimos unos folletos que nos fueron muy útiles en nuestra visita en solitario; ¡y en español!), la Plaza arbolada de Nikola Subic Zrinski, el Museo de Arte y Artesanía, el teatro Nacional, la plaza de Petar Preradovic (poeta croata), el pasaje Miskec , el oktogon, el “Sol aterrizado” (una escultura de una enorme bola dorada de fibra de vidrio; por toda la ciudad se hallan colocados los 9 planetas siguiendo las proporciones astronómicas y aritmáticas) o el “rascacielos de Napredak”. Todo nos gustó y, repito, nos dejó sorprendidos.
Al día siguiente amaneció nublado y con frío (lo que se agradecía). Visitamos con un guía genial (un profesor de Historia) la Ciudad Alta a la que accedemos por la Puerta de piedra con su cuadro de la Virgen (que milagrosamente se salvo de las llamas del incendio que destruyó toda la casa que había sobre la puerta), recorremos la plaza con la iglesia de san Marcos (con el tejado de azulejos), el Parlamento, la catedral (que en su día estuvo amurallada por completo), la animadísima calle Tkalca (que originariamente era un arroyo que dividía dos poblaciones, Kaptol y Gradec; todas las casas a los lados de la calle son antiguos molinos de agua hoy transformados en cafeterías, tiendas de diseño, pubs, restaurantes...
Cuando la visita termina, cae un buen chaparrón que Domi y yo aprovechamos para tomar un café en la plaza principal de la Ciudad Baja y decidir a donde ir a continuación. Decidimos tomar el funicular y subimos al Museo de Arte naïf que, aunque muy pequeño, es interesante. El resto de tiempo hasta la comida lo dedicamos a callejear por la zona antigua.
Zagreb creo que es lo que más me ha gustado del viaje porque me ha sorprendido muy gratamente ya que me esperaba una ciudad decadente, vieja, triste y estropeada (no sé por qué?). Es una ciudad preciosa que, en cierto modo, recuerda a Viena: muchos palacios y edificios monumentales, mucho verde. Muy animada, muy cosmopolita, señorial y moderna pero manteniendo, al mismo tiempo, el sabor antiguo otras épocas. Es realmente una ciudad encantadora y está muy bien cuidada.
Vista la ciudad partimos después de comer hacia el parque natural de Plitvice que es exactamente la misma formación que las lagunas de Ruidera, pero a lo bestia (16 lagunas en total y mucho más grandes). Ni que decir tiene que, por supuesto, no tienen nada que ver con las nuestras en lo que respecta a la especulación del terreno y la conservación: por supuesto allí no hay ni una casa, el agua está superlimpia, no se permite el baño y está todo cuidadísimo con unos senderos, todos hechos con tronquitos de madera, por lo que se recorre el parque eligiendo diferentes rutas. También hay barcos que cruzan de un punto a otro de los lagos más grandes. Nosotros cogimos uno y es un paseo genial porque todo parece en estado salvaje aunque cuidado al mismo tiempo. Lo único malo de la tarde es que llovió al principio un poco. A media ruta tomamos en una cabaña un café con leche calentito (que apetecía bastante porque hacía frío) y seguimos la ruta hasta salir del parque cuando se estaba haciendo de noche. El autobús nos esperaba y nos llevó al hotel Maĉòla (ver crítica en tripAdvisor) en plena naturaleza donde pasamos la noche. Con tanto silencio y tanto verde alrededor dormimos divinamente.
A la mañana siguiente emprendimos la marcha a Split donde visitamos, como más importante, el palacio de Diocleciano construido para su retiro y donde también murió. Lo llaman palacio aunque realmente es una ciudad completa con sótanos (muy interesantes), templos como el de Júpiter, panteón, etc. Al lado del panteón pudimos pasar por la calle más estrecha de la ciudad que tiene un nombre muy ilustrativo: “Déjame pasar, por favor”. Comimos en un restaurante de la ribera, el Topolino, -fatal, por cierto- y luego callejeamos un poco por la zona antigua.
A continuación continuamos bordeando la costa adriática hasta Dubrovnik.
El último día se pasaba completo en esta ciudad, Patrimonio de la Humanidad desde 1979 y, por supuesto, toda peatonalizada. Por la mañana tuvimos una visita con guía (Paolo, “un puntazo”, un guía genial, muy divertido y simpático) en la que visitamos el convento de los franciscanos con la farmacia más antigua del mundo (1317), la iglesia de san Blas y el Palacio del Rector principalmente. Al acabar nos sentamos –más bien nos tiramos- en los butacones de una cafetería en la plaza a tomar unos cafés que nos costaron una pasta pero...¡qué bien se estaba allí mirando el ambiente de la plaza y la gente!. A continuación Domi y yo hicimos un gran recorrido por todas las callejas de la ciudad y entramos a la catedral (¡¡fea de narices!!) y a varias iglesias más, a la mezquita y algunos otros lugares.
Fuimos a tomar la comida (arroz con marisco) al puerto viejo y al terminar cogimos un barco y nos fuimos a la isla de Lokrum, donde pasamos la tarde entre aguas cristalinas, crepes de chocolate que nos zampamos con café, gaviotas y tranquilidad.
Al atardecer volvimos y nos subimos en el teleférico para ver desde el mirador la puesta de sol: ¡¡ESPECTACULAR!! Y visitamos la fortaleza y el museo de la guerra que es muy interesante. (proyectiles, armamento, bombas, fotos y vídeos de la guerra y de cómo quedó Dubrovnik tras ella)
Bajamos ya casi de noche y cogimos el bus para volver al hotel a cenar, pero....¡¡¡¡¡A medio camino me doy cuenta de que me he dejado la VISA en el teleférico!!!! Así que bajamos pitando del bus, cogimos otro a la ciudad vieja de nuevo y corriendo llegamos al teleférico que ya había cerrado aunque había un señor aún en la oficina que se portó estupendamente con nosotros: avisó a la cajera que se estaba cambiando de ropa y ésta salió, abrió la caja y nos dio la tarjeta; nos dijo que la tenía preparada y si no la recogíamos al día siguiente iba a llamar la central para notificarlo. Encantadores.
Y como no hay mal que por bien no venga, al perder la hora de la cena en el hotel nos quedamos a cenar en el casco antiguo, colsa que no íbamos a hacer pero de la que nos alegramos un montón porque fue estupendo. El ambiente indescriptible de agradable. Cenamos una ensalada de quesos y unas pizzas de muerte en una mesita al aire libre en una pequeña pizzería de una callejuela con un cantoautor en directo que cantaba canciones de los 80, mesitas de madera y luces amarilla en la pared de piedra. Después de cenar dimos una vuelta por la calle Placa que estaba a esas horas ambientadísima y ya tarde volvimos al hotel. A la mañana siguiente pasamos mucho tiempo en una cafetería frente al puerto tomando café y disfrutando del ambiente y de las últimas vistas de la ciudad. A las 11:30 nos recogió el bus y nos llevó al aeropuerto. El avión salió en punto y también llegó a Barajas a su hora. La vuelta genial y sin contratiempos. Sobre las 19:00 estábamos en casita de nuevo.

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BUCAREST (Semana Santa, 2010)

La semana santa de este año nos hemos decidido por conocer la capital de Rumanía, Bucarest; no obstante aún tenemos pendiente una ruta por los Cárpatos que hace tiempo tenemos en mente. Hemos pasado allí 4 días (del 30 de marzo al 2 de abril)
El viaje de ida estuvo bien, sin retraso y sin problemas para llegar hasta el hotel. Al salir del aeropuerto (que es muy pequeño) hay que cruzar la carretera y justo enfrente está la parada del bus que lleva al centro (hay que comprar el billete en el kiosko y vale sólo 1 €; no como en otras ciudades que te cuesta una pasta por ir al aeropuerto. Éste es un autobús urbano normal y corriente)
Pese al tráfico caótico, en una hora más o menos llegamos a la Plaza Universitii y de allí al hotel son unos minutos. El hotel que elegimos fue el Rembrand por las buenísimas críticas que tenía en TripAdvisor y, la verdad, es que fue un acierto porque pese a ser de tres estrellas es un establecimiento precioso, estupendamente ubicado y con mucho encanto (y uno de los recepcionistas habla –estudia- español y le encanta practicar con los huéspedes. He dejado mi crítica en Trip: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g294458-d535187-r63239287-Rembrandt_Hotel-Bucharest.html#CHECK_RATES_CONT
Nada más llegar, nos instalamos en la habitación del ático que habíamos reservado y nos lanzamos, como es nuestra costumbre, a la calle a reconocer el terreno.
Comprobamos en seguida que estábamos en todo el centro. Cenamos en uno de los muchos restaurantitos de la zona al lado del hotel una estupenda “ goulash” y ensalada (sopa típica y muy consistente. Exquisita) y nos fuimos a dormir para coger fuerzas para el día siguiente.
El día 2º nos levantamos temprano y nos dirigimos a recorrer las calles del barrio antiguo: el pasaje Hanul Cu Tei (único pasaje de posadas que queda del antiguo Bucarest. “Árbol del Tilo Inn) Fue construido en 1833 por Anastasie Gheorghe Hagi Polizu y Popovici Stefan, en la calle comercial de Lipscani . También se le llamó la Bezesten de pe Ulita yegua cea un Marchitanilor ("La posada de la calle ancha de la Tienda"). Es la única posada en Bucarest que ha conservado su forma histórica. En ella se hospedaban comerciantes importantes de todo el país. Había 14 propietarios, cada uno con su tienda en la parte superior de las bodegas abovedadas y con profundidad. Sólo el pasaje peatonal y la sala de tutores eran de propiedad compartida.
Deambulamos un poco por las callejas y luego nos dirigimos a visitar la pequeña iglesia ortodoxa de Stavropoleos que es una verdadera preciosidad. Construidda en 1974 por un príncipe de la Valaquia, combina la arquitectura bizantina rumana con una preciosa fachada de columnas. Es una joya arquitectónica con bellos frescos e iconos religiosos. Recorrimos la Curtea Veche (La corte antigua) que son los restos del palacio que en el segundo tercio del siglo XV mandó construir el Príncipe (Domnitor) de Valaquia Vlad Tepes. Gran parte de las ruinas son restos de ampliaciones de épocas posteriores, dejaron también sus huellas en el edificio otros grandes nombres de la historia rumana como Matei Basarab,Cantacuzino, Constantin Brancoveanu, etc. Con lo que un pequeño palacio de unos 400 metros llegó a tener 25.000 metros cuadrados en el siglo XVII. La desidia de posteriores gobernantes sumado a guerras, terremotos e inundaciones (téngase en cuenta que el río Dâmboviţa pasa a escasos metros de allí) terminó por convertir el palacio en un puñado de ruinas a merced de saqueadores y un foco marginal, mientras que los dirigentes rumanos construyeron y habitaron otros palacios de la ciudad.
A continuación recorrimos el bulevard Regina Elisabetha en el que visitamos el Museo Nacional. Después y corriendo para que nos diera tiempo llegamos al Parlamento o Casa del Pueblo (o Palacio de Ceausescu) El Palacio del Parlamento Rumano (en rumano: Palatul Parlamentului din România), también llamado Palacio del pueblo, es un edifico de usos múltiples que alberga las dos cámaras de parlamento de Rumania. Según el libro de los Guinness Récords mundiales, es el segundo edifico administrativo más grande del mundo (después de El Pentágono). Se extiende sobre un área total de 350.000 m² y se ubica en la Ciudad de Bucarest.
El nombre original era Casa del Pueblo (Casa Poporului), pero se le cambió el nombre tras la caída del gobierno socialista. No obstante, muchos rumanos lo siguen llamando Casa del pueblo. Su construcción se inició en el año 1985 a instancias del presidente Nicolae Ceauşescu, bajo la dirección de la arquitecta jefe Anca Petrescu. Fue necesario el derribo de varios barrios de la parte alta de la ciudad con un total de doce iglesias, dos sinagogas, tres monasterios y más de 7.000 casas.
Los números de esta mole blanca son impresionantes: 12 plantas en superficie, 8 subterráneos, únicamente 4 terminados, 315.000 metros cuadrados de extensión, de los que más de 250.000 superan los 84 metros de altura y 25 metros de profundidad. Trabajaron más de 20.000 personas en turnos las 24 horas del día, miles de ingenieros y arquitectos.
Para su decoración se utilizaron maderas nobles (nogal, cerezo, olmo, roble), mármoles, alfombras de 5 cm de espesor, lámparas en bronce, aluminio y cristal con cientos de bombillas, candelabros de casi 2 metros de altura, puertas de 5 toneladas de peso, etc.
El palacio se compone de unas 40 salas, ideadas para banquetes y recepciones, despachos, habitaciones, etc.
Es impresionante la vista desde el famoso balcón bajo el que se extiende el bulevard Unirii (copia de los Campos Elíseos de París, ciudad por la que el presidente sentía una admiración enfermiza)
El resto de la tarde (pues ya era casi de noche al salir lo dedicamos a visitar la zona de la ciudad de la parte alta del río a donde llegamos siguiendo su curso. En primer lugar subimos al famoso monasterio Antim Con sus paredes interiores y exteriores pintadas con frescos de colores vivos y luminosos; después de picar algo y tomar café nos dedicamos a vagar por las calles del centro y la ciudad vieja (como la preciosa iglesia rusa, muy cerca del hotel). Rematamos cenando en un restaurantito y tomando una limonada en un bareto de moda de “la zona” (la limonada es como aquí la cerveza, la atienen en todos los sitios y todo el mundo la toma a cualquier hora como copa o acompañando a la comida)
El día 3 (1 de marzo) nos levantamos temprano, para variar, y comenzamos nuestra ruta que hoy era también a pie pero a toda la zona norte de la ciudad. Visitamos el Museo de Historia Natural, el parque Herastrau en que había una decoración especial (enormes huevos rojos de Pascua). La intención era ver el Museo al aire libre del campesino, pero estaba cerrado en restauración. Contemplamos el Arco del Triunfo (otra total imitación del que existe en Paarís). Dimos una vuelta por los jardines y nos metimos a una pizzería muy pijita, en el parque, a comer (todo muy rico). Por la tarde seguimos paseando, tomamos café en otra cafetería muy chic (hoy tocaban sitios guays) y visitamos el Museo del Campesino Rumano que estaba en un edificio precioso, pero el museo era un poco birrioso. Continuamos nuestro paseo después por la parte nueva de la ciudad hasta la hora de la cena.
El último día, callejeamos un poco y recorrimos algunas iglesitas coquetas de la zona vieja. En una placita cuyo nombre no recuerdo nos tomamos un café riquísimo frente a una de ellas.
A continuación fuimos a ver el Museo de Arte Moderno que se encuentra en una de las alas traseras de la Casa del pueblo. Por fuera está muy bien (tiene un ascensor transparente como el Reina Sofía) pero por dentro le falta mucho, mucho, mucho. Subimos a la terraza de la azotea que es chill out y nos tomamos un café disfrutando de las preciosas vistas y del día tan soleado que hacía.
Desde allí subimos a ver la Catedral Patrialcal que – dicho sea de paso- es impresionante. Es un recinto enorme, una verdadera obra de arte del siglo XVII y principios del siglo XVIII. Se le llama Patriarquía y está situada en las cercanías del Palacio del Parlamento, en el bulevar Unirii. Se comenzó a construir durante el mandato de Constantin Serban en 1654, y fue terminada en 1665 (aunque el campanario es posterior, de 1698). Las doce columnas de la fachada representan a los doce Apóstoles, y las torres no excesivamente altas invitan al recogimiento. De las pinturas originales sólo se conservan las de la parte superior de la puerta de entrada (las interiores son recientes y representan a personalidades y generosos donadores de fondos). En el interior de la Iglesia se celebran todas las ceremonias importantes ortodoxas y es la necrópolis de todos los patriarcas. El tesoro más valioso conservado en su interior es el ataúd de plata donde están los restos de San Dumitru Basarabov, patrón y protector de la ciudad.
Ese día debía de haber alguna celebración especial en ella porque estaba la televisión (por cierto que salimos en el reportaje) y había una enorme cola de gente para entrar; en el interior había una mesa (parecía de plata) y la gente pasaba gateando por debajo de ella varias veces. Fue muy interesante.
De ahí nos fuimos en metro al Jardín Botánico que “ni fu ni fa”, un poco descuidado aunque la ida hasta él fue interesante porque pudimos visitar zonas de la ciudad diferentes (más residenciales).
Rematamos nuestra última noche cenando en un restaurante chulo una exquisita sopa “goulash” para despedirnos. Paseamos por la ciudad antigua caída ya la noche y volvimos al hotel a preparar el equipaje pues al día siguiente partíamos por la mañana para España.
Para terminar, las cosas que más me han sorprendido de Bucarest son:
-La limonada (casera siempre, por supuesto) es la bebida típica en la ciudad
-El poco turismo que hay
-Sobre todo, me llamó muchísimo la atención lo parecidos que son a nosotros los rumanos, tanto físicamente como en sus gestos, forma de expresarse, forma de vestir, tono al hablar… Son iguales a los españoles. Quizá mi idea sobre ellos se basaba en prejuicios formados a partir de los rumanos que pueblan nuestras calles actualmente. Nada que ver con la realidad de ese pueblo. Los que vienen aquí son realmente gitanos y allí me dio la impresión de que es un grupo marginal igual que lo es aquí. La población en general no tiene nada que ver con este tipo de personas que, por lo que vi, allí también se dedican a mendigar por la calle.

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ESTAMBUL (Febrero, 2010)

Este año las chicas hemos pasado la Semana Blanca en Estambul, el segundo viaje exótico desde que visitamos hace unos años Marrakech; y muy de mi gusto, todo hay que decirlo.

Salimos hacia Estambul el sábado 13 de febrero y prácticamente, entre retraso del vuelo y demás, perdimos todo el día en el viaje. Nos hospedamos en el hotel Mina (Ver mi crítica en TripAdvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g293974-d304824-r63234245-Hotel_Mina-Istanbul.html) que estaba muy bien situado.
Nada más llegar, nos lanzamos a la calle a reconocer el terreno y tomar el primer contacto con la ciudad, y a picar algo.
El hotel está absolutamente céntrico por lo que bajamos paseando hasta la Mezquita Nueva y llegamos de chiripa porque ya estaban cerrando.
Hicimos unas fotos y buscamos para cenar un sitio que es un restaurante que está en una antigua cisterna, pero resulta que hoy parece que está cerrado y un señor muy amable nos recomienda otro en el que, al final, cenamos estupendamente; Restaurante Omar; y con muy bonitas vistas de la Mezquita iluminada.
El 2º día tocó dar un paseo por el Bósforo, lo primero. Bajamos hasta el embarcadero de Eminonu y allí pactamos un paseo en un barco no muy grande que tomamos en el muelle. Pasamos casi toda la mañana en esta excursión. El barco hizo un aparada en la zona asiática, para visitar el Palacio Beylerbeyi., al que se fueron todas menos Charo y yo que nos quedamos sentaditas en una cafetería-pastelería tomando un café calentito con un pastel.
Al llegar al muelle de nuevo, y bastante rápido, nos vamos a visitar el Palacio Topkapi (patios, museos, harem…) y al salir tomamos algo para seguir con el paseo que nos llevó a la Mezquita Azul y posteriormente, ya anocheciendo, vemos Santa Sofía por fuera y el Hipódromo. De ahó vamos a hacer la ruta de los bolsos de piel que está cerca; al final de una tortuosa calle que bajaba donde estaban las tiendas encontramos una antigua posada que se ha transformado en un preciosos mercado de artesanía, pero muy cool.
De ahí nos dirigimos al famoso restaurante Sarniç (el que está en una antigua cisterna). La cena, aunque estuvo bien, fue una pesadilla. Nos tomaron bastante el pelo ya que nos tuvieron esperando para la cena una hora de reloj con estúpidos y absurdos pretextos (la verdad es que estaban seguramente esperando que llegara más gente o ya habían quedado con esta gente previamente a una hora más tarde) El problema, al parecer, fue que la cena incluía concierto de violín y piano que cuando llegó ya no nos apetecía oír.
En resumen, no recomiendo en absoluto este restaurante. No tiene, parece, mucha clientela y el sitio tampoco merece tanto la pena; en Estambul hay muchísimos sitios mejores que éste.
De vuelta al hotel, hicimos unas compras de recuerdos y subimos a la terraza a echar un vistazo y hacer unas fotos.
El tercer decidimos dedicarlo, por la mañana, a compras y –cómo no- comenzamos por el Gran Bazar, allí nos separamos y unas se fueron a comprar piedras y otras nos tomamos un café y entramos al Bazar a ver los puestos. Y de pronto nos encontramos frente a frente con la infanta Elena y un grupo de amigos.
Desde el Gran Bazar subimos paseando por las calles del centro hasta la Mezquita de Suleimán, El Magnífico, el cementerio y el mausoleo. Cerca de éste se encuentra la zona de la Universidad que está repleta de restaurantes cutres y baratos, a tope de gente (estudiantes, trabajadores…), y en uno de ellos tomamos la comida (platos enormes y tradicionales, tipo fabada, elaborados en ollas gigantes) Todo muy rico y fuerte.
Para bajar la comida damos un paseo otra vez hasta el Gran Bazar y llegamos de nuevo a la zona de al lado del río, la Mezquita Nueva. Ahí, hechas polvo de la caminata, tomamos unos taxis y nos vamos a la parte nueva, por la torre Gálata y la zona de compras moderna. Unas se van a subir a la torre y otras nos quedamos dando una vuelta por la calle céntrica comercial. Para bajar desde la parte alta hasta el río tomamos un funicular con el que llagamos en unos minutos al río. Y de ahí cogemos un bus que nos lleva a unas al hotel y a otras a uno de los hamman más antiguos y conocidos de Estambul: el Cemberlitas donde nos damos un baño turco que nos deja como nuevas para ir a cenar a un restaurante cerca del hotel (O Ozler) todo muy de diseño, con camareros muy estilosos y guapitos y todo muy cool; la comida, riquísima. Allí coincidimos con unos paisanos.
El 4º día lo comenzamos en taxi al acueducto de Valens desde el que queremos hacer una ruta por iglesias bizantinas, pero comenzamos por la Mezquita Fatih y la espectacular del Sultan Selim. De ahí a la antigua iglesia de Pammakaristos y a la archifamosa San Salvador in Chora que es impresionante. Y ahí comenzó la aventura porque tomamos unos taxis (2, en concreto, para 10 personas) para ir al conocico y ortodoxo barrio de Eyüp donde se encuentra la mezquita y el mausoleo de Eyüp que fue el portaestandarte de Mahoma y un lugar santo de culto y peregrinaje para los musulmanes.
De ahí nos vamos al teleférico para subir al café de Pier Loti desde el que hay unas vistas espectaculares de Estambul y el Cuerno de Oro. Tomamos unas pastas con té a las que nos invita Carmen por su cumpleaños. Bajamos de nuevo, al atardecer, planeando en el teleférico sobre el cementerio, hasta el muelle para coger allí un barquito que nos llevará por el Cuerno hasta la ciudad, pero nos pasamos la parada en la estación marítima y vamos a acabar a la zona asiática de noche cerrada y como para que le dé un infarto a Charo a la que no le hace nada de gracia la aventura.
De chiripa logramos bajar en la otra orilla y subir al barco que nos devuelve otra vez a la zona conocida en el puente Gálata donde cenamos unos pescaditos en uno de los muchos restaurantes de pescado y de ahí volvimos andando al hotel.
El último día tras desayunar nos dirigimos a visitar la joya de Estambul: Santa Sofía. Pasamos en ella varias horas y después visitamos la cisterna que es impresionante. A partir de entonces nos separamos y unas se van a subir a la torre Gálata y otras nos vamos de compras.

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ROMA (Diciembre, 2010). Viaje de estudios 2º bach.

Cuatro atrevidos profesores nos hemos decidido a acompañar a nuestros alumnos de 2º de bachillerato en su viaje de fin de estudios a Roma del día 18 al 22 de diciembre del 2009.
El grupo salió temprano de la puerta del instituto en dirección a Madrid donde cogeríamos el avión con destino a Roma.
El embarque y demás transcurrió sin mayores problemas y por la noche todos estábamos instalados en nuestras habitaciones del hotel Porta Maggiore (ver mi crítica en TripAdvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g187791-d250498-r64188271-Hotel_Portamaggiore-Rome_Lazio.html#CHECK_RATES_CONT)
El primer día, nos levantamos temprano (como todos los demás) y comenzaron las visitas: la primera fue la Ciudad del Vaticano.




Su nombre viene del Monte Vaticano (probablemente del latín "Vaticinĭum": predicción; pues antiguamente la colina era la sede de un oráculo etrusco o tal vez del nombre de un poblado del mismo origen; en ella visitamos los Museos (son las galerías y demás estancias de valor artístico propiedad de la Iglesia y accesibles al público en la Ciudad del Vaticano. Muestran obras de una extensa colección de la Iglesia Católica Romana. Su base fundacional fue la colección privada de Julio II, que fue elegido papa en el año 1503; más tarde otros papas han ido aumentando las extensas colecciones de que constan estos museos. Este conjunto museístico se compone de diferentes edificios de museos temáticos, edificios pontificios, galerías, monumentos y jardines. A este conjunto de edificios también pertenece la Biblioteca Vaticana, una de las mejores del mundo. Además pudimos recorrer el Patio de la Piña con su enorme bola metálica, el cambio de la guardia vaticana asó como la famosísima cúpula de la Capilla Sixtina con la pintura de La creación de Adán de Miguel Ángel (Fue construida entre 1471 y 1484, en la época del papa Sixto IV, del cual procede el nombre por el que es conocida. En su interior tienen lugar los cónclaves y otras ceremonias oficiales, como los nombramientos papales. Es célebre por su decoración pictórica, obra de Miguel Ángel. En el centro de la bóveda se representan nueve escenas rectangulares sobre la creación y la caída del hombre, rodeadas por profetas y sibilas, los antepasados de Jesús y arquitecturas y esculturas fingidas. Posteriormente y una vez visitada la basílica de san Pedro, algunos se decidieron a subir a la cúpula para ver desde allí las vistas de la ciudad mientras otros nos fuimos a comer (los profes nos dividimos para que no quedaran los alumnos solos)
Cuando bajaron todos, nos reunimos de nuevo y dimos un paseo por la ciudad recorriendo lugares emblemáticos como el Castillo de Sant'Angelo o Castel Sant'Angelo (también conocido como el Mausoleo de Adriano) que es un monumento romano situado en la orilla derecha del río Tíber, en frente del pons Aelius (actual puente de Sant'Angelo), a poca distancia de la Ciudad del Vaticano) , la Plaza Navona y finalmente el Panteón de Agrippa que es un templo circular construido en Roma a comienzos del Imperio romano dedicado a todos los dioses (la palabra panteón significa templo de todos los dioses). En la ciudad se lo conoce popularmente como La Rotonda, de ahí el nombre de la plaza en que se encuentra. Los autobuses nos recogieron al pie del Monumento a Vittorio Emanuele II – El Altare della Patria, desde donde nos llevaron al hotel para cenar. Tras la cena todos se dispersaron entre las habitaciones y la sala de estar abajo donde estuvieron los chicos tocando el piano y nosotros tomando unos “limoncellos”
El segundo día comenzó con la visita del Coliseo que dejó a la mayoría de los chicos estupefactos ya que es grandioso. Se trata de un gran anfiteatro de la época del Imperi romano, construido en el siglo I en el centro de la ciudad de Roma. Originalmente era denominado Anfiteatro Flavio (Amphitheatrum Flavium), en honor a la Dinastía Flavia de emperadores que lo construyó, y pasó a ser llamado Colosseum por una gran estatua ubicada junto a él, el Coloso de Nerón, no conservada actualmente. En la antigüedad poseía un aforo para 50.000 espectadores, con ochenta filas de gradas. Los que estaban cerca de la arena eran el Emperador y los senadores, y a medida que se ascendía se situaban los estratos inferiores de la sociedad. En el Coliseo tenían lugar luchas de gladiadores y espectáculos públicos. Se construyó justo al Este del Foro Romano al que accedimos una vez finalizada la visita al Coliseo. En el foro pasamos el resto de la mañana hasta que llegó la hora de la comida. Tras ella quedamos con los chicos en la Plaza del Campidoglio(al lado del monumento a Enmanuelle) para dar un paseo por el centro con los que quisieran y así, acompañados de un gran número de chicos, nos dirigimos a la Fontana de Trevi. También tuvimos tiempo de hacer algunas compras. Ya de noche, nos recogió el bus y nos llevó al hotel a cenar. Tras la cena salimos todos juntos a una zona cercana (zona universitaria) a dar una vuelta con idea de dejara los chicos tiempo libre, pero no había buen ambiente para adolescentes y nos los llevamos de vuelta al hotel.
El tercer día nos dirigimos en autobús hacia Nápoles y Pompeya. En Nápoles apenas paramos (aquí nos engañó la agencia o el chófer pues teníamos una visita a esta ciudad que no pudimos realizar pues paramos sólo un momento). Lo más sorprendente era el caos de tráfico (causa a la que el conductor achacó el no poder visitar la ciudad pues no podía – según dijo- parar; aunque lo que sucedió es que no quería hacerlo)
Todo el resto de la mañana lo dedicamos a recorrer la ciudad de Pompeya con bastante mal tiempo (incluso nos llovió en algún momento). Pompeya (Pompeii en latín) era una ciudad de la Antigua Roma ubicada junto con Herculano y otros lugares más pequeños en la región de Campania, cerca de la moderna ciudad de Nápoles y situados alrededor de la bahía del mismo nombre en la provincia de Nápoles. Fue enterrada por la violenta erupción del Vesubio el 24 de agosto del año 79 d. C.
Llegamos a Roma por la noche, con un tráfico de ataque de nervios y diluviando. Ni qué decir tiene que no salimos a ningún sitio tras la cena.
El cuarto día comenzamos nuestro recorrido en la Plaza del Popolo que es considerada una de las mejores obras urbanísticas de la ciudad. Se encuentra en el punto de confluencia de 3 calles importantes, como son la Via del Corso, del Babuino y de Ripeta. Se caracteriza especialmente por la Porta del Popolo, obra de Bernini, que era la puerta de acceso a Roma para los viajeros que venían del norte por la Via Flaminia. En el centro de la plaza se encuentra el segundo más grande obelisco de Roma, el Obelisco Egizio, obra del 1200 a.C. En la pendiente de la terraza del Pincio se levanta la iglesia Santa María del Popolo, de la época medieval y completamente renovada en el Renacimiento. Sobre la plaza se encuentran dos iglesias externamente muy similares: Santa Maria in Montesanto y Santa Maria dei Miracoli, realizadas en el siglo XVI por Bernini.
De ahí nos dirigimos paseando hasta el edificio que conserva el Ara Pacis (Altar de la Paz) que es un monumento conmemorativo de la época del Imperio romano. Fue construido entre el 13 y el 9 a. C. por decisión del Senado, en acción de gracias por el regreso del emperador Augusto tras sus victoriosas campañas en Hispania y Galia y la paz que éste había impuesto. Está dedicado a la diosa de la Paz y se levantó en Roma, en el Campo de Marte, donde cada año se debían sacrificar un carnero y dos bueyes. De ahí nos dirigimos (ya sin los alumnos a los que dimos tiempo libre para comer) a las calles más chic de tiendas y rematamos comiendo unos espaguetis en el famosísimo restaurante Alfredo (lPlaza Augusto Imperatore, 30) en el que pudimos degustar los exquisitos, únicos y originales fettuccine de Alfredo. De ahí nos dirigimos a la Plaza de España donde nos tomamos un té con pastas en el más famoso y antiguo salón de té de Roma (Sala da de Babington) y donde nos pegaron el mayor clave de la historia de unos profesores de viaje: 56 € por tres tés y 6 pastitas.
Luego paseamos de nuevo, volvimos a la fontana de Trevi y terminamos en el monumento a Enmanuele que era el lugar donde nos recogía el bus. Antes de volver intentamos llegar a ver
la Boca de la verdad (en italiano: Bocca della Verità) que es una antigua máscara de mármol pavonazzetto, colocado en la pared del pronaos de la Iglesia de Santa Maria in Cosmedin en el año 1632. La escultura, datable alrededor del siglo I, tiene un diámetro de 1,75 metros y representa un rostro masculino con barba en el cual los ojos, la nariz y la boca están perforados y huecos. La leyenda cuenta sobre este monumento que quien miente pierde la mano al introducirla en la boca. Cuando llegamos acababan de cerra así que decidimos seguir bajando un poco más y visitar el circo romano del que no queda nada más que la forma y el espacio.
Volvimos al hotel a cenar y a preparar todo para la partida al día siguiente.
El último día nos levantamos temprano y, acompañados por un grupete de alumnos que se animaron, nos acercamos a visitar la grandiosa iglesia de San Juan de Letrán con su famosa escalera por la que los penitentes suben de rodillas.
Volvimos al hotel, cogimos las maletas y nos trasladamos al aeropuerto (que –dicho sea de paso- era un caos absoluto) para tomar el vuelo hacia Madrid. Y desde allí el autobús que nos dejaba al caer la noche en la puerta del instituto otra vez con gran alegría por nuestra parte ya que, aunque la mayoría de los alumnos fueron encantadores, sensatos y se portaron muy bien, hubo un grupo que nos amargó la vida todo lo que pudieron y más y nos tuvieron sin dormir las cinco noches que duró el viaje. Moraleja: “Cualquier viaje es mejor solo en pareja”

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LANZAROTE (Puente de diciembre, 2009)

Este año hemos decidido pasar el puente de diciembre en Lanzarote (del 4 al 8).

Hace tiempo que deseábamos conocer las islas Canarias, pero por un motivo u otro nunca nos decidimos. Ahora, por fin, lo hemos hecho y hemos visitado Lanzarote; tenemos que decir que estamos encantados porque es un isla preciosa que aún conserva el aspecto natural de aquellas zonas afortunadas en las que la especulación inmobiliaria todavía no ha clavado sus garras.
Salimos de Albacete a las 7:30 con dirección a Madrid, bajo un cielo gris que amenazaba tormenta y un frío “pelón”. El viaje transcurrió sin sobresaltos aunque bajo una espesísima niebla la mayor parte del camino. Llegamos sin novedad al hotel SHS en el que dejamos, como siempre hacemos, el coche y desde el cual nos trasladaron a la T1 de Barajas donde nos encontrábamos a las 11:10. Aunque había mucha gente, tuvimos suerte y en unos minutos estábamos al otro lado del control, tomando un café (espantoso, como suele ser el de los aeropuertos) y esperando el embarque.
Pese a un pequeño retraso, a las 15:30 aterrizábamos, con unos maravillosos 22ºC y un sol radiante, en el aeropuerto de Lanzarote en el que nos esperaba el Seat Altea que habíamos alquilado.
Sin problema ninguno llegamos rápidamente a Arrecife, donde teníamos el hotel reservado que era el Diamar (muy bien situado y fácilmente accesible desde la autovía del aeropuerto). Como siempre he dejado mi crítica en tripadvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g187478-d1007935-r55302587-Hotel_Diamar-Arrecife_Lanzarote_Canary_Islands.html
Cogimos la habitación y nos deleitamos un rato en la terraza con las maravillosas vistas de las que disponíamos (justo encima de la playa) para a continuación salir a dar un paseo para tomar el primer contacto con la ciudad. Anduvimos por el paseo marítimo y llegamos hasta el castillo de San Gabriel al que llegamos cruzando el puente de la Bolas. Estaba atardeciendo y la luz del sol a esa hora con el contraste del azul del mar y la antigua piedra de la fortaleza eran un panorama inigualable. El primer contacto con la isla no pudo, pues, ser mejor.
Continuamos callejeando por el centro de la ciudad que es muy pequeña pero agradable (tomamos un cola-cao en una cafetería del centro, en la calle principal) y concluimos el día al lado del hotel, donde hay un Gambrinus en el que nos aplicamos una buena cena (papas con mojo -¡cómo no?-, croquetas de ibéricos, puntas de calamares y una exquisita sopa de cocido casera).
El segundo día nos levantamos temprano porque queríamos visitar el parque nacional de Timanfaya y no deseábamos hacer cola para entrar. El parque se encuentra cerca del pueblo de Yaiza y a toda la zona se le llama Montañas de Fuego. Fue declarado Parque Nacional en el año 1974 y en él se pueden encontrar distintos testimonios de actividad volcánica, como alineaciones de volcanes, calderas de explosión, grietas eruptivas, lagos de lava y malpaíses. En la actualidad, el Parque Nacional de Timanfaya es uno de los parajes más bellos y espectaculares del mundo.
Llegamos, pues, de los primeros y no tuvimos que esperar ni para acceder al parque ni para tomar el autobús obligatorio en el que se realiza la visita alrededor de 14 Kms. entre calderas, cráteres y espectaculares formaciones rocosas de lava volcánicas (que se llamaban de dos formas según el tipo de formación que se creaba una vez solidificada la lava: lavas aa, malpaís y pahoe-hoe (lavas cordadas).
Tras hacer la ruta verdaderamente espectacular, nos tomamos un café en la cafetería y vemos la demostración de las fumarolas.
De ahí nos dirigimos al centro de interpretación y posteriormente a Los Hervideros (formaciones rocosas de lava que se han originado al entrar ésta en contacto con el mar produciéndose cuevas y grutas por las que entra el agua salada y rompen con fuerza las olas. De ahí vamos al Charco del chico (pequeño lago, de 8 metros de profundidad, de agua de extraño color verde intenso producido por las filtraciones en una playa salvaje)
Para comer, nos dirigimos a El Golfo, un paraíso natural en la zona oeste de la isla. Nos acomodamos en un restaurante llamado Costa Azul (caro, pero muy recomendable; en un enclave privilegiado con un servicio exquisito y una comida fabulosa), sobre las mismas piedras de la playa y allí nos deleitamos con un exquisito arroz con bogavante y unos mejillones al vapor. Daba pena abandonar este lugar porque era verdaderamente maravilloso; y el tiempo acompañó también pues disfrutamos de un sol radiante y una temperatura muy agradable por lo que pudimos comer en una mesita al aire libre. Tras el café, tomamos la carretera de la costa y bordeando ésta nos dirigimos a Playa Blanca haciendo unas cuantas paradas por el camino; una que mereció mucho la pena fue el faro Pediguera desde el que se podía contemplar la isla de Fuerteventura. Una vez en Playa Blanca, que es una localidad preciosa, recorrimos sus callejas (todas en colores verde y blanco) y el paseo marítimo (en una de cuyas terracitas nos tomamos un helado) comprobando que, aunque saturada de hoteles, mantiene el aspecto natural por el tipo de edificaciones que, al igual que en el resto de la isla, se ha conseguido integrar perfectamente en el paisaje. Una de las cosas que más nos ha sorprendido en Lanzarote es precisamente cómo se ha logrado conservar el entorno y, a la vez, creado infraestructuras para el turismo. Realmente, nos pareció una isla encantadora.
De aquí volvimos a Arrecife por una serie de carreteras secundarias que nos ofrecían unos paisajes maravillosos: Femés (con un estupendo mirador desde la altura), Puerto Calero, Playa Grande, Puerto del Carmen (muy animada a esas horas), etc. Al llegar a la ciudad nos dirigimos al hotel después de comprar algunas provisiones para la cena en un supermercado cercano regentado por chinos y que siempre permanecía abierto.
El día tercero nos levantamos un poco tarde y, tras el desayuno, nos encaminamos a la parte este de la isla. Comenzamos visitando el monumento al campesino, un estrambótico, blanco, grande y moderno monumento en piedra con un precioso centro de artesanía al lado; éste se encuentra instalado en una antigua finca tradicional de típica construcción isleña en colores blanco y verde; de ahí nos fuimos a ver la Fundación César Manrique que se encuentra ubicada en una de las casas de las que el artista fue propietario. Tiene dos plantas: la superior (más museo) y la inferior (vivienda excavada en la propia lava) denominada “las burbujas” que se halla distribuida en estancias cuyos nombres responden al color predominante en su decoración y mobiliario (burbuja roja, burbuja blanca, burbuja verde...). Lo más sorprendente y curioso es el enorme jardín volcánico de pahoe-hoe de que dispone la casa. Tiene además una piscina muy coqueta en un jardín interior bajo el nivel del terreno. Toda ella es realmente ¡una pasada!.
Desde aquí nos dirigimos al Jardín del cactus, diseño también de César Manrique (como casi todo aquí) que resulta una creación interesante construida utilizando una cavidad existente: diseño circular con el interior formando terrazas superpuestas circulares también en las que se disponen cientos de especies de cactus y que se extienden alrededor de una zona central ajardinada. Por supuesto, perfectamente integrada en el ambiente. En el terreno se pueden observar numerosos ejemplares de Lagartos de Haría, una especie endémica, símbolo de la isla (la guía dice de ellos que son "pequeños y graciosillos" y hemos puesto una foto de estos bichos en el álbum).
Una vez visitado este Jardín Botánico Autóctono cogimos el coche para dirigirnos a la costa y visitar los Jameos del Agua (un jameo es un tubo vocánico derrumbado: los tubos volcánicos son un tipo de canal subterráneo de curiosa formación. Cuando se produce una erupción, la lava sale al exterior y fluye por las laderas del volcán. La parte externa y superficial de lava se va enfriando y endureciendo, mientras que en su interior continúa siendo líquida y sigue fluyendo hasta que desaparece. Cuando esto ocurre, se forma una cavidad a la que se denomina tubo volcánico. Si una parte se la superficie del tubo se desploma se forma un jameo, por el que se pude acceder al interior del tubo). A mí, personalmente, no me ha parecido nada interesante ni este agujero ni todo el turístico complejo en el que se ubica y que dispone incluso de un auditorio construido en la roca. Hay que destacar que el jameo estaba repleto de una especie de cangrejitos blancos cuyo nombre no recuerdo y que, al parecer, sólo viven aquí. Para los zoólogos debe de ser importante. Además, es el tubo más largo de Europa con sus 6 Kms. de longitud.
A continuación bajamos a comer a un pueblecillo costero llamado Orzola y nos decidimos por un pequeño restaurante del puerto cuyo nombre era Bahía (menú del día por 10 € y pico, con cocido canario, un pescado grande y raro a la plancha muy fresco, acompañado de papas con mojo, bebida y postre) Muy bien.
Dado lo poco que nos había gustado el jameo, decidimos suprimir la visita que teníamos prevista para la tarde a la Cueva de los Verdes (que también es un jameo) y nos dirigimos al Mirador del Río: un restaurante en la zona alta desde la que hay unas vistas fabulosas de la costa y de la isla La Graciosa.
Antes de volver a Arrecife bajamos a dar un paseo por a Costa Teguise que, aunque muy turística, es bastante agradable.
Ya en la capital, visitamos el castillo de San José que es hoy el Museo de Arte Contemporáneo y nos fuimos de compras al centro, a dar una vuelta por el Charco de San Ginés y después al cine a ver “2010”, tema del diluvio universal en versión moderna.
El último día, pasamos un buen rato disfrutando de la terraza al sol y de las vistas y luego salimos a dar un último paseo por la capital: el Almacén (obra también de Manrique), café en el Charco, paseo marítimo, etc.
A última hora de la mañana recogimos y nos dirigimos al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso. Unos días maravillosos en una isla maravillosa. Un destino muy recomendable. Volveremos.

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CUENCA (Puente del Pilar, 2009). Con los amigos

El puente del Pilar ha sido la fecha elegida para llevar a cabo la excursión que cada otoño realizamos con los amigos de La Roda; ya se está constituyendo en tradición hacer, como mínimo, dos excursiones al año, una en primavera y otra en otoño.
El lugar elegido en esta ocasión ha sido Cuenca, la zona de las Hoces del Júcar, cerca de la ciudad y de un pequeño pueblecito llamado Valdecabras, en el que, por cierto, vive nuestro amigo Eduardo quien dejó hace años la enorme urbe de Madrid para retirarse a este bucólico paraje donde vive, en palabras de Fray Luis de León, “alejado del mundanal ruido”.
Volviendo a nuestra escapada, el encargado en esta ocasión de buscar alojamiento fue Ufe que eligió unas cabañas en el Caravaning Cuenca Camping. Hay que decir que no habíamos estado nunca en unas cabañas tan bien preparadas; basta mencionar que tenían baño privado en cada habitación con una ducha de mármol travertino.
La capacidad de éstas era de 6 personas distribuidas en dos habitaciones (una doble twin y otra con cama de 1,50), más otras dos en un sofá-cama. En nuestro caso no durmió nadie en el sofá por lo que compartimos la cabaña sólo con Juan Antonio y Sonia. No diré más sobre el alojamiento ya que dejo, como siempre, mi crítica y mis fotos en Tripadvisor:http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g262065-d1452124-r46996746-Camping_Caravaning_Cuenca-Cuenca_Castile_La_Mancha.html#CHECK_RATES_CONT
Aunque algunos del grupo llegaron al lugar en la tarde del viernes, nosotros lo hicimos el sábado por la mañana que, como no había que trabajar, nos levantamos un poco tarde y llegamos a Cuenca casi a la hora justa de comer, lo cual se hacía en el restaurante del camping. Verdades valgan, la comida fue un poco caótica, por lo lento del servicio. Mi opinión es que no esperaban tal cantidad de personas y se vieron en la necesidad de hacer frente a un lleno absoluto sólo con dos chicas sirviendo las mesas; no obstante, no teníamos prisa ya que estábamos de vacaciones por lo que lo tomamos, en general, con humor. Yo debo decir que la fideua que me tomé un codillo digno del Edelweiss madrileño, de los mejores que he probado en mi vida.
Por la tarde, tras acomodarnos en las cabañas correspondientes, nos fuimos algunos de nosostros a dar un paseo por la zona del río. Una verdadera maravilla. Casi desde el camping parte un carril bici (independiente de la carretera) que llega hasta Cuenca; hacia la mitad del camino, en el desvío a Valdecabras, se puede cruzar a la otra orilla del Júcar y tomar una senda que avanza paralela al cauce y que es un lugar verdaderamente paradisiaco. Una gozada para pasear a pie o en bicicleta; también había muchísimos escaladores por toda la zona, en las verticales paredes de ambas márgenes.
Con el sol poniéndose, se nos ocurrió acercarnos a Valdecabrasa y visitar a nuestro amigo Eduardo que, como siempre, tenía en su casa compañía, en este caso se trataba, según nos dijo, de unos amigos de Madrid que habían ido a verlo. Lo pillamos en plena faena, fregando una enorme paellera, pista indudable de que se habían zampado una buena comida. Mientras lo esperábamos nos tomamos en el café del pueblo unas cañitas y luego nos condujo a una zona del monte donde ahora se dedica a tallar en la piedra grandes y originales esculturas. Desde la atalaya en la que nos encontrábamos contemplamos el atardecer.
Nos despedimos y volvimos al camping para la hora de la cena, que también fue algo caótica, aunque la comida que sirvieron no estuvo mal.
A continuación Domingo y yo nos acostamos, pero el resto se quedó de charla tomando unos cubatitas en una de las cabañas.
El segundo día amaneció con mejor tiempo incluso que el primero; parecía no haber terminado el verano. Desayunamos y cogimos los coches para ir a visitar una zona cercana llamada Las Majadas que constituye un paraje de formaciones rocosas, como la Ciudad Encantada pero en pequeño. Allí pasamos la mañana y a medio día volvimos al camping a comer. Por la tarde, algunos se fueron a coger setas por los alrededores; otros, a dormir o descansar o ver el fútbol. Yo me quedé en mi cabaña con mi portátil y con mis fotos.
Por la noche, volvimos al restaurante a cenar; esta vez todo estuvo más organizado pues habíamos encargado una comida “light”: ensaladas, carne a la brasa y orza (salchichas, guarrilla, morcillas, lomo, costillas, panceta…) Todo estaba, la verdad, buenísimo.
Aunque hacía bastante fresco por la noche, pues la temperatura descendía mucho respecto al día, nos sentamos todos en la puerta de una de las cabañas a charlar, bromear, contar tonterías, tomar unos cubatas o zumos, en mi caso, y reírnos mucho. Fue un rato muy agradable. También decidimos el plan para el día siguiente: visita a Cuenca.
Y así llegamos al lunes, el último día de nuestra estancia. Después de desayunar nos dirigimos, como habíamos acordado la noche anterior, a Cuenca; pero no por la carretera nacional sino por una carreterita de montaña que nos habían indicado en el camping y que resultó muchísimo más bonita y agradable, con vistas estupendas y que nos condujo directamente a un aparcamiento en la parte alta de la ciudad donde pudimos, sin problemas, aparcar los vehículos.
Paseamos durante la mañana por las calles de la ciudad, visitamos la catedral y las casas colgadas y – cómo no- cruzamos el puente de San Pablo. Posteriormente nos sentamos en una terracita de la plaza a tomar unas birras y unos trinaranjus (los niños y yo)
A continuación subimos paseando de nuevo a coger los coches y volvimos a las cabañas a comer. Algunos se fueron por la mañana, pero los que nos quedamos habíamos encargado unas paellas que nos estaban prácticamente esperando al llegar.
Tras los cafés reglamentarios todos volvimos a recoger nuestros bártulos con idea de marcharnos, pero como era el santo de Pilar, nos invitó a unos “miguelitos” así que, dado que ya se había marchado casi todo el mundo que había en el resto de cabañas (el camping estaba a tope este fin de semana), montamos un chiringuito al exterior con mesas y sillas para degustar los dulces típicos de la Roda en sus dos versiones: tradicional y de chocolate, regados a su vez con los cubatas pertinentes.
Ufe dedicó este rato a hacer las cuentas “para que nadie se fuera sin pagar” y , cumplido este requisito indispensable, cada cual cargó su coche, se despidió de los amigos y emprendió el viaje de regreso.
Ha sido un fin de semana estupendo. Niños y mayores lo hemos pasado muy bien por lo que ya estamos pensando en cuándo y dónde será el próximo; aunque para ello hemos de esperar algunos meses a que llegue de nuevo el buen tiempo.

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ALTEA (Septiembre, 2009) Finde con las chicas

Pese al tiempo horroroso que había estado haciendo durante toda la semana en Albacete, nos decidimos a pasar el fin de semana en la playa para despedir el verano que con el comienzo del curso escolar toca a su fin.

Tras una agobiante mañana en el instituto por ser el primer día real de clase sonó el ansiado timbre que indicaba el comienzo del asueto que supone el viernes y la perspectiva de unos estupendos sábado y domingo.

Para no perder tiempo en volver a casa a por el equipaje (que era poco dada la brevedad del viaje) lo llevamos con nosotras al trabajo y a esa hora, las 14:30, estaba ya bien colocado en el maletero del coche.

Encaminamos nuestros pasos al Corte Inglés y picamos allí algo para rápidamente salir hacia Altea.

El viaje no tuvo ningún contratiempo y en poco menos de dos horas estábamos ante la chica de recepción del Cap Negret cogiendo las tarjetas de nuestras dos habitaciones.

Pasamos el resto de la tarde paseando por la playa y “cascando” sentadas junto a la piscina.

Al caer la noche nos acercamos andando al paseo marítimo y degustamos unos mejillones al vapor acompañados por otras tapas muy ricas en una de las terrazas de éste. Sobre decir que, aunque en Albacete llovía a cántaros, en Alicante todavía era verano.

El sábado amaneció con un sol radiante y una temperatura fabulosa por lo que pasamos la mañana tumbadas en las hamacas de la piscina, paseando por la playa y bañándonos en el mar, pues el agua todavía no estaba fría. Comimos en el hotel y después nos sentamos en el chiringuito de la piscina a tomar café...y más sol.

Ya al atardecer subimos al pueblo antiguo y vagabundeamos por sus encantadoras callejuelas entrando y saliendo de todas las tiendas que encontrábamos en nuestro camino y que, todo hay que decirlo, tienen artículos bastante estilosos. No obstante, llegamos justo a tiempo a una pizzería que nos gustó para coger una mesa en el exterior; en 5 minutos todo estaba a rebosar de gente e incluso había cola para pedir mesa.

La cena fue estupenda y nada cara, por cierto.

El domingo, nuestro último día, amaneció nublado y , aunque confiábamos en que se despejaría, no fue así por lo que decidimos coger el coche e ir a dar una vuelta por el mercadillo de segunda mano y trastos cutres de “El cisne” y nos compramos algunas cosas allí.

Volvimos al hotel para comer con idea de pasar la tarde en la piscina e incluso darnos un último baño, pues el sol asomaba tímidamente de vez en cuando.

Pero conforme pasaba el tiempo el cielo se cubría de nubes más y más e incluso se oían truenos a lo lejos. Sólo pudimos tomar un café en la piscina pues decidimos salir cuanto antes dado que los truenos se oían cada vez más fuerte y más cerca. Por el camino soportamos varios chaparrones aunque íbamos rodeando la tormenta y no nos cogió de lleno. Hasta Albacete, nubes y claros.

Dos horas más tarde habíamos llegado a nuestra casa y con esa vuelta dábamos por finalizado el verano del 2009¡Una buena despedida, creo!

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MADRID (Septiembre, 2009) Concierto de Leonard Cohen

Hace ya varios meses que guardaba como un tesoro las entradas para el concierto que el cantoautor y poeta Leonard Cohen ofreció el pasado día 12 de septiembre en Madrid.
Al fin llegó ese día tan esperado por mí y el sábado por la mañana cogimos el coche y nos acercamos a esa ciudad, colocándonos en casa de mi cuñada -dicho sea de paso-, para disfrutar de un espectáculo que , francamente, me hacía mucha ilusión. Y es que este hombre, su clase en el escenario, su porte aristocrático, distante y distinguido, y su música me fascinan. Y no sólo a mí, al parecer, ya que en el recinto del reformado Palacio de los Deportes nos dimos cita diez mil incondicionales del canadiense. Ni un solo asiento quedó sin ocupar.
Cuando Cohen apareció sobre las tablas todo el público, puesto en pie, le tributó una enorme ovación lo que, después de 15 años sin pisar un escenario, emocionó visiblemente al artista que correspondió dando las gracias con unas emotivas palabras de agradecimiento. Y no defraudó en absoluto; las tres horas que duró el espectáculo fueron un verdadero placer y a lo largo de ellas mostró su elegancia innata y su saber hacer, con una voz grave que llega hasta lo más profundo del alma y esas letras a veces románticas a veces comprometidas.


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Poco me importa si, como cuentan, se ha visto obligado a realizar esta gira por el descalabro económico al que le ha llevado su representante pues, sea por lo que fuere, eso ha hecho que podamos disfrutar aquí y hoy de la presencia y la música del que llaman ya un artista de culto. El propio autor comentó al presentar el show, y tras agradecer la cálida acogida, que no sabía cuándo podría volver a repetirse por lo que intentaría dar lo mejor de sí y disfrutar del momento.
Sonaron a continuación los primeros acordes de la balada “Dance me to the end of love” y con ella dio comienzo un recorrido (interrumpido sólo por un brevísimo descanso) por los que han sido sus temas más representativos: “Tower of song”, "Waiting for the miracle", "Everybody knows", “Suzanne”, “If it is your will” y muchos otros, acompañado en todo momento por su banda y por las dulces voces de Sharon Robinson y las hermanas Charley y Hattie Webb con las que pudimos disfrutar de la emblemática "There ain't no cure for love". Con “Take this waltz” recordó a Lorca del que, como él mismo ha declarado en varias ocasiones, es un ferviente admirador. Impresionante estuvo con “The Gypsy’s wife” y debo destacar los varios minutos de aplausos que se sucedieron al concluir “The partisan” y que verdaderamente ponía los pelos de punta (aun con el tufillo de viejos tiempos pasados): Oh, the wind, the wind is blowing, Through the graves the wind is blowing, Freedom soon will come; Then well come from the shadows. En general cuando la gente oye canciones o poemas que hablan de ideales, de muerte, de los que no se doblegan ante la tiranía y de libertad siempre sienten un irrefrenable deseo de aplaudir, lo cual siempre me sorprende; quiero decir, que se emocionen con las palabras pero no tanto, según muestra la realidad, con los hechos.
En fin, el concierto concluyó, como no podía ser de otro modo con el tema “Closing time”, aunque empujado por los aplausos que no cesaban se decidió a cantar algo más.
Se despidió del público madrileño con unas bonitas palabras: “Gracias por mantener vivas mis canciones”; y, al igual que hizo en varias ocasiones ante los miembros de su grupo, se quitó el sombrero en señal de respeto y agradecimiento. Fue emocionante poder contemplar sobre el escenario a uno de los pocos caballeros que quedan en el panorama musical actual.

El resto del finde fue muy cultural: nos dedicamos a visitar todas las ampliaciones de museos e instalaciones que no conocíamos. El primer lugar fuimos a la ampliación de Prado; en mi opinión de profana del arte una construcción que , al menos al exterior, es bastante feucha y simplona, sin gracia ninguna (aunque sea obra del archirreconocido Moneo). No me dice absolutamente nada. Las famosas megapuertas gigantescas de bronce con forma de tronco de árbol...un horror. Sólo me gustó la entrada bajo el bosque de bog, si bien es cierto que, aunque por fuera es bastante feo (al menos discutible), por dentro la perspectiva de los espacios comunes es interesante. Un poco decepcionados, nos dirigimos al edificio de Caixa Forum; y éste sí nos sorprendió. El jardín colgante es curioso, pero la fusión entre el antiguo edificio existente y la parte moderna creada por los suizos Herzog y De Meuron resulta muy atractiva; el interior nos encantó. Fuimos allí para conocer el edificio y visitar una exposición sobre el Islam, que es un tema que me apasiona, pero ya la habían retirado. No obstante, acababan de inaugurar otra sobre los edificios de Richard Rogers que es una maravilla; en ella se presentan vídeos del arquitecto (que es, además, un gran pensador), maquetas, fotos, planos etc. de todas sus creaciones: La T4 de Barajas, el edificio de Lloyd´s en Londres, el puente de la expo de Zaragoza, el centro Pompidou..., además de los proyectos no realizados y de los actuales. Muy, muy interesante, tanto el Caixa Forum como la exposición.
De ahí nos dirigimos al Reina Sofía para ver la ampliación de Jean Nouvel que también es impactante y original; y rematamos en la Casa Encendida (centro cultural alternativo que reúne cultura, medio ambiente, solidaridad y educación con iniciativas diversas, exposiciones y talleres varios; todo ello, of course, minimalista, moderno y ecológico).
La terraza (no sé si llamarla zen) es “una pasada”, con su huertecito y todo.
Después tocó comer algo, y así con unos buenos filetes de buey y una ensalada dimos por concluido un fin de semana estupendo.

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SIGÜENZA y RUTA DEL ROMÁNICO RURAL (Agosto, 2009)

Este verano hemos repartido las vacaciones en varias escapadas breves, como venimos haciendo desde que nuestra Molly tiene que tomar una pastilla diaria y ya no podemos hacer los grandes viajes de 20 ó 30 días que solíamos. Pero no importa, los hacemos cortos y así visitamos varios lugares dispares en un solo verano. Es otro modo de entender las vacaciones que no es que nos guste más, pero ahora es lo que toca. Este año lo hemos repartido entre la semana en Madeira (que ya colgué en el blog), algunos días por la playa, Málaga, Benidorm, Altea y Torrevieja, y los pocos días que hemos pasado en Sigüenza y los pueblos que constituyen la llamada “Ruta del Románico Rural”. Éste último es el que voy a relatar.
El viaje comenzó el día 9 de agosto que salimos de Albacete; no era muy temprano y además, como no teníamos prisa, perdimos bastante tiempo en llegar. Incluso paramos en Guadalajara a comer en un bar-restaurante de carretera.
A primera hora de la tarde llegábamos a nuestro alojamiento, un hotel rural de diseño y encantador llamado La Cabaña, en la localidad de Pozuelos a 5 Kms. de Sigüenza. Como siempre podéis leer la crítica y ver fotos tomadas por mí en http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g1437553-d1458033-r37728961-Hotel_Rural_La_Cabana-Palazuelos_Castile_La_Mancha.html#CHECK_RATES_CONT. La primera impresión fue buenísima y la verdad es que resultó una elección muy acertada.
Una vez que estábamos instalados, como era todavía bastante temprano, cogimos el coche y nos dirigimos a Sigüenza a dar una vuelta por el pueblo. Aunque ya habíamos estado anteriormente, siempre resulta agradable pasear por sus calles medievales. Al llegar a la famosa Casa del Doncel que hoy es, en parte, un restaurante, y otra parte está gestionada por la Universidad, encontramos un cartel en el que se informaba de que los días que estábamos en la zona no abría por lo que nos lamentamos de no poder visitarla por dentro. En esto estábamos cuando oímos que nos llaman desde una de las ventanas superiores de la casa por la que asomaba un chico que estaba colgando un cartel de “se vende”. Nos preguntó si queríamos subir para ver desde su casa el patio interior de la del Doncel, ya que ambas (además del restaurante) eran antaño la misma vivienda. Subimos y pasamos con el joven un ratito; nos enseñó su casa y los arreglos que estaba haciendo en ella y nos explicó que, aunque estaba colgando el cartel, no tenía claro si lo haría o no; Vivía en Guadalajara y no venían mucho a Sigüenza; además, cuando lo hacía, se instalaba en casa de sus padres o suegros por lo que esta casa estaba deshabitada casi todo el tiempo. Nos contó también que él vivió de pequeño en la Casa del Doncel ya que pertenecía, en parte, a sus padres. Después se vendió a un alemán por “dos perras” para finalmente, ya dividida, pasara a la Universidad. Nos resultó muy interesante la visita y la charla.
Paseamos un rato más por las calle de la localidad; recorrimos la alameda en la que se estaba preparando la feria y por los aledaños de la catedral, construida sobre las ruinas de una vieja basílica visigoda, cuyo interior pudimos visitar ya que a esa hora se encontraba abierta. Subimos al castillo, hoy Parador de Turismo, donde nos tomamos un café.
De Sigüenza nos dirigimos a Saúca y después subimos a Jodra del Pinar por los que dimos una vuelta y visitamos las respectivas iglesias románicas.
Al anochecer, volvimos a Sigüenza y tomamos unas tapas en un bar de la alameda. Por la noche, la localidad iluminada en tonos amarillos era una preciosidad.
Ya de regreso en el hotel, descansamos muy bien pues al encontrarse en pleno campo, no se oía ni una mosca.
El día siguiente decidimos dedicarlo a la Ruta del Románico Rural. Comenzamos por Carabias que posee una de las más bonitas iglesia románicas (preciosa), luego Palazuelos (donde le hice una foto a un gato muy bonito) y Pozancos. Decidimos, a continuación, visitar la villa medieval de Atienza que es muy interesante. De camino, visitamos unas salinas romanas (que aún hoy se siguen explotando), las salinas de Imón y ya allí, subimos a Imón, un pueblecillo pequeño, agradable y tranquilo aunque sin mucho encanto.
Comimos en un restaurante en Atienza (El Mirador) con buenas vistas y una carta original, pero en realidad no tenían la mayoría de los platos que anunciaban. El trato fue correcto aunque algo seco al principio pues, aunque no había casi nadie en el local, no pusieron buena cara cuando pedimos (casi tuvimos que exigir), una mesa cerca de la ventana. No estuve a gusto en ese sitio. Luego dimos una vuelta por el pueblo: la plaza del mercado, el arco de Arrebatacapas (por la corriente de aire que siempre sopla en él), algunas iglesias como Santa María del rey, el Salvador, la Trinidad o San Bartolomé… Tomamos un café en un bareto de la parte alta mientras esperábamos que abrieran el museo sacro de la iglesia de San Gil, el cual resultó ser una colección de objetos religiosos recogidos por un cura de la localidad y cedidos por diferentes vecinos de la villa.
De aquí nos dirigimos a Cañamares que posee, como único atractivo, un puente romano; Ujados (con una pequeña iglesia y un bonito gato) y Albendiego cuya iglesia, Santa Coloma, es una maravilla y tiene la denominación de Monumento Nacional; en ella destacan el ábside y las ventanas adornadas con celosías mudéjares. De ahí subimos a Somolinos donde dimos un paseíto por la orilla del pequeño riachuelo y nos hicimos unas fotos en su cuidada iglesita.
En el siguiente pueblo, Campisábalos, nos tomamos un helado en una terraza delante de su iglesia que es también impresionante y que posee en su fachada un calendario agrícola tallado en la piedra del siglo XII muy interesante. A continuación pasamos por el castillo de Galve de Sorbe.
Empezaba a declinar el sol y el cielo se oscurecía además con negros nubarrones. Por indicación de Domingo decidimos acercarnos a un pueblo de la Ruta de los pueblos negros que ya habíamos hecho hace algunos años, si bien, no visitamos en esa ocasión Valverde de los Arroyos; Domingo sí lo conocía y aunque nos llevó un rato llegar hasta él por una carretera que no estaba en muy buen estado, mereció la pena el viaje pues se trata de un precioso pueblecillo todo de piedra y pizarra. Lo tienen esmeradamente cuidado y conservado, todo absolutamente limpio y lleno de flores. Una verdadera preciosidad que me recordó a los encantadores pueblos de la zona de la Bretaña francesa.
Volvimos tarde al hotel y, sin parar en él, nos acercamos a Sigüenza donde cenamos unas tapas (todo de fritos y empanados) en un bar muy concurrido de la Avenida en la que posteriormente nos tomamos una copa al fresco, sentados en una terraza.
El día siguiente tuvo menos piedras románicas y más naturaleza ya que lo pasamos recorriendo el parque natural del Barranco del Río Dulce, un paraje cercano a Sigüenza. Es una zona llana y elevada cortada por una red fluvial muy encajada que origina profundos barrancos. Realizamos una pequeña ruta de senderismo por una senda que recorría las orillas del río que discurre por el fondo del barranco. La subida al pueblo donde habíamos dejado el coche (Pelegrina) fue un poco dura debido a lo empinado del camino que ascendía desde el cauce del río. Pero tuvimos la recompensa en un pequeño restaurante con un mirador de espléndidas vistas en el que comimos.
El día siguiente, tras el desayuno emprendimos el viaje de regreso pasando por Guadalajara para conocer un poco la ciudad. Pasamos la mañana visitando sus calles y lugares de interés que no son muchos, la verdad. Es una ciudad muy verde, nueva y pequeña y, con tantas obras, ofrecía un aspecto bastante destartalado. Comimos en El Corte Inglés, el menú de verano que es riquísimo (gazpacho andaluz, calamares y melón). A media tarde, después del café, retomamos la carretera y en unas horas estábamos de vuelta en casa.
Ha sido una escapada corta más que un viaje, tal y como entendemos éste, pero ha merecido la pena. Al menos, hemos cambiado de aires.

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