ALTEA (Finde romántico. Junio, 2009)

Al fin otra vez en Altea. Hacía algún tiempo que no nos dejábamos caer por esta bella localidad de la costa levantina. Poético comienzo para un fin de semana estupendo.
Llegamos el viernes por la tarde al hotel Cap Negret, nuestro preferido. Por suerte, y con un poco de maña, nos dieron la habitación que queríamos, la 220, que es una de las mejores ya que da frontalmente a las piscinas y al mar. Tras un rato deleitándonos con la maravillosa vista nos dirigimos a Altea la vella (la vieja) donde se acababa de terminar una fiesta local que llaman “el árbol” o algo así. Según nos acercábamos a la iglesia, una riada de personas se cruzaba con nosotros; al parecer volvían de la plaza donde acababa de finalizar el festejo que consiste, más o menos, en que colocan en la plaza dos árboles enormemente altos y los jóvenes, al parecer algo bebidos, cuando no borrachos del todo, trepan hasta ellos y dejan en el ascenso, bastante salvaje, dicho sea de paso, jirones de sus ropas por todo él. No me gustó el ambiente ya que parecía que todos los habitantes del pueblo volvieran de la guerra; jóvenes y mayores, con la ropas desgarradas, mojados, despeluchados, sudorosos y sucios y... oliendo a alcohol muchos de ellos. Ante tal espectáculo Altea pierde su encanto. Por suerte la multitud se disipó en pocos minutos y pudimos pasear un rato antes de sentarnos a cenar en la azotea de uno de los coquetos restaurantes del casco antiguo. Rematamos la noche con un té que saboreamos sentados en una terracita de la plaza.

El día siguiente lo dedicamos a la playa; por cierto, un día precioso. Comimos en el hotel y nos bañamos en el mar que ese día nos ofreció aguas limpísimas y no muy frías. Una maravilla. Por la noche nos quedamos dando una vuelta por el paseo marítimo. Hubiéramos subido al pueblo pero eran las fiestas y si algo no nos apetecía era el bullicio que a esas horas se podía “disfrutar” arriba.

En un restaurante encantador, a orillas del mar nos tomamos, al caer la noche, unas tapas de mejillones, habas picantes y calamares. Muy rico todo, la verdad.

El día siguiente amaneció nublado y, muy lejos de mejorar, empeoró conforme avanzó la mañana; así que en vez de a la playa, nos dirigimos a Benidorm. Hicimos una paradita en el rastro “El cisne” que es un rastrillo muy pintoresco con mezcla de foráneos y locales, antigüedades y horteradas, ropas y cacharros varios y con música castiza de fondo para amenizar las compras. Me hice con dos gatos de artesanía para mi colección, amén de otras pequeñas chorraditas.

Ya en Benidorm lo peor fue aparcar el coche aunque al fin tuvimos suerte y lo dejamos casi en el mismo paseo marítimo que estaba abarrotado de gente y muy animado, pese a que el tiempo no acompañaba en absoluto. Dimos un paseo por allí durante un rato y volvimos al hotel a tiempo de comer. A media tarde, y acompañados por una tenue llovizna, pusimos rumbo a Albacete. Un fin de semana relajante y muy agradable. A veces se necesita desconectar un poco de la rutina y respirar aires diferentes para “cargar las pilas”. Sienta genial

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

PARÍS (Semana Santa, 2009)

Este año hemos vuelto a París en Semana Santa. Durante 5 días hemos podido disfrutar de nuevo de la ciudad de la luz; en mi opinión, la más bonita de Europa.
Es la primera vez que viajábamos desde la T4 y, en principio, nos pareció estupenda, pero eso fue antes de llegar a París y ver cómo nuestra maleta no nos acompañaba y volaba por su cuenta hacia no sé qué país(o peregrinaba por los mostradores de la T4); tardó en reunirse con nosotros dos días. Así pues, nos vimos en la terminal en París esperando el autobús con una bolsita de aseo con el logo de Iberia como único equipaje.
Nos hospedamos en el hotel Europe Saint Severin, en pleno corazón del barrio latino (la crítica, como siempre, en Tripadvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g187147-d250927-r32193450-Hotel_Europe_Saint_Severin-Paris_Ile_de_France.html#CHECK_RATES_CONT
Nos instalamos, por decir algo, ya que no teníamos qué colocar en los armarios, y nos fuimos a dar una vueltecita por el barrio. Hacía una tarde fabulosa, soleada y a la vez fresquita por lo que apetecía muchísimo pasear por una ciudad tan hermosa como París.
Tras dar una vueltecita por El Barrio Latino, que a esa hora estaba muy animado, nos dirigimos a Notre Dame ( con la luz del atardecer la piedra de los edificios del París antiguo constituyen una verdadera maravilla) y merendamos en los pretiles de la fachada. A continuación bajamos por el Sena de paseo y nos sumergimos en la marabunta del Barrio Latino de nuevo. Cenamos en uno de los restaurantes coquetones de la zona y nos fuimos a acostar.
El miércoles amaneció nublado y tras desayunar en la terracita de la croissantería de al lado del hotel nos dirigimos al Museo D´Orsay, pero como era un poco tarde (no habíamos madrugado lo suficiente) había muchísima gente y la cola para sacar las entradas lo bastante larga como para desanimar a cualquiera; no nos apetecía perder media mañana esperando así que decidimos dejar el museo para el día siguiente. Descartado el primer plan, optamos por otra alternativa e iniciamos un recorrido por la zona (Palacio del Elyseo, Inválidos, Sena, Torre Eiffel), nos tomamos un café de escándalo en una cafetería cuyo nombre no recuerdo y nos dirigimos, cruzando el puente de Alejandro III al Petit Palace (todo ello son los restos que quedan de la Expo de 1900 en París) Hemos estado varias veces en París pero nunca habíamos entrado a este pequeño palacete; es un lugar encantador, arquitectónicamente hablando, con un pórtico semicircular que rodea un precioso y coqueto patio central alrededor del cual se disponen todas las dependencias y salas del palacete; en el centro del mismo se puede contemplar un bonito estanque repleto de plantas acuáticas variadas y peces de colores.
Hoy día el palacete se utiliza como sala de exposiciones y museo en el que cabe destacar la escalera de hierro forjado al más puro estilo Art Decó que comunica los dos pisos con que cuenta el pabellón. A lo largo de sus pasillos y galerías se disponen un gran número de delicadas piezas entre pintura, escultura y objetos varios. Una delicia.
Al salir llovía levemente por lo que no hubo ningún problema en continuar con el paseo por la ciudad: Plaza de la Concordia, La Madeleine, Plaza Vendome… A continuación nos dirigimos hacia la Plaza de Les Vosgues, una de las más bonitas de París. De paso, echamos un vistazo a la maravillosa iglesia de San Eustaquio que no conocíamos. También el Centro Pompidour. De vuelta, la Plaza del Ayuntamiento y, otra vez, Le Seine.
Cuando viajamos, nos gusta, sobre todo, pasear por las calles y eso ha sido lo que principalmente hemos hecho, además de saborear deliciosos cafés sentados en las numerosas terracitas que, incluso en invierno, se extienden por todas las calles de París.
Al día siguiente, madrugamos un poco y nos dirigimos al D´Orsay, y esta vez conseguimos las entradas en media hora. Dedicamos la mañana a recorrerlo y –cómo no- nos tomamos un cafelito debajo del reloj (El D´Orsay se ha instalado en la antigua estación y, como todas las estaciones de antes, muestra en la fachada del precioso edificio un enorme reloj que por el interior acoge la cafetería y el restaurante)
Como el día iba de museos, antes de comer nos dirigimos al Museo de Ciencias Naturales y Jardín Botánico que depende de la Universidad y era bonito y muy cuidado; como el día era soleado y templado, en los jardines había muchas personas pasando el día. Al salir, comimos (bastante tarde) y después cogimos el metro y paseamos por Mont Matre, Plaza Tetre, Le Sacre Coeur… En las escaleras del templo pasamos un rato muy agradable sentados y oyendo a los acntantes callejeros que ahí habían improvisado su espectáculo. Cuando se puso el sol, nos dedicamos a callejear y callejeando llegamos al hotel.
El viernes amaneció otra vez un día soleado y, tras desayunar en la Boulangerie artesanale (nuestra segunda casa después del hotel) dirigimos nuestros pasos al Museo y Abadía de Cluny que tampoco conocíamos y que nos habían aconsejado visitar. Al fin hemos podido contemplar los tapices del Unicornio que se encuentran expuestos aquí (es una colección de 6 tapices, redescubiertos por Prosper Merimée, que representan los cinco sentidos más un sexto, el amor)
La última tarde en París la dedicamos a visitar otro lugar también recomendado y que no conocíamos: el cementerio Du Pere-Dachaise, que fue el elegido por muchas celebridades de todos los ámbitos como morada final. Entre ellos reposan allí: Moliére, La Fontaine, Delacroix, S. Signoret, Ives Mountand, Oscar Wilde (cuya tumba está decorada por miles de labios rojos que han ido dejando los visitantes sobre la piedra), Paul Eluard, Edit Piaf y Casion (su último amante), Modigliani y Géricault, entre otros. Este cementerio es muy curioso y, aunque no es tan monumental como el de Milán, su visita merece mucho la pena.
Con esta visita concluimos nuestro viaje a París ya que el día siguiente, tras el desayuno, nos dirigimos en metro al aeropuerto desde el que salimos sin problemas ni retrasos en dirección a Madrid.


  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

BERLÍN (Febrero, 2009)

Berlín ha sido el destino elegido este año para el viaje anual “de las chicas”. Sin miedo al frío sacamos nuestros billetes con Easyjet, reservamos todo y salimos hacia Alemania el día 20 de febrero. Al igual que el año anterior contratamos un microbús que nos llevó y recogió a la vuelta en Barajas, lo cual hace que el viaje sea sumamente cómodo.
Una vez en el aeropuerto se nos informó de que el vuelo saldría con varias horas de retraso por lo que tuvimos que dar cuenta de las viandas que, con gran previsión, llevaba en su bolso de mano Nani (quesos de untar, patés varios, tostaditas, galletas...).
Tras una espera interminable pudimos despegar y en tres horas estábamos en Berlín aunque debido al enorme retraso cuando llegamos habían cerrado el aeropuerto prácticamente (lo que puede parecer “chocante” pero que se explica porque Schönefeld sólo funciona con vuelos de bajo coste y parece ser que el nuestro era el último y además retrasado, según nos contó un taxista que chapurreaba algo de inglés)
Llegamos al hotel bastante tarde y el recepcionista, haciendo gala del típico carácter alemán, aunque no se puede generalizar, no estuvo muy comunicativo, más bien fue algo estúpido o seco, es bastante difícil discernir entre ambos; pero estábamos tan cansadas que “pasamos”. El hotel Sorat Ambassador, en el que nos hospedamos, nos pareció bien. Por fuera no era una maravilla, pero por dentro resultó bastante adecuado y las habitaciones no estaban mal. Como siempre he dejado la crítica en Tripadvisor:
http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g187323-d233863-r25765100-SORAT_Hotel_Ambassador_Berlin-Berlin.html#CHECK_RATES_CONT
Lo mejor del hotel, por cierto, era el desayuno, cosa que pudimos constatar al día siguiente: riquísimo, variadísimo, abundantísimo y todos los “ísimos” que se quieran añadir; en resumen, estupendo. Una buena manera de comenzar el día.
Una vez cargadas las pilas nos dirigimos al Museo Pergamon, visita obligada en Berlín, y nos maravillamos ante lo que en él pudimos contemplar: el altar, la puerta del mercado de Mileto, la fachada del palacio de Mshatta y, mi preferida, la espléndida puerta de Ishtar (Babilonia) que es una verdadera joya. Empleamos en él varias horas (aunque siempre parece que falta tiempo en estas visitas) y de ahí nos dirigimos a la Nationalgalerye (museo de pintura): Friedrich, Böcklin (“The isle of the dead”), Cézanne, Manet, Monet, Courbet, Constable, etc. Posteriormente, y para rematar el atracón de arte y cultura visitamos el Museo Egipcio que es otra maravilla y en el que, entre otras obras, se puede contemplar el famosísimo busto de Nefertiti y la Green Head; también cuenta en sus fondos con una buena colección de papiros entre los que destacan las páginas del Libro de los muertos (ante las vitrinas que los acogen uno no puede dejar de pensar en Sinué)
A media tarde finalizamos la “tourné” por los museos y nos lanzamos a la calle buscando un restaurante en el que sirvieran unas buenas salchichas con Kartoffel (patatas) y chucrut (col agria); fue difícil por la hora aunque al fin dimos con uno de esos lugares (tipo los VIPs) en el que se servía comida a cualquier hora. Cuando terminamos de comer estaba anocheciendo así que, recobradas las fuerzas, nos dedicamos a patear un poco la zona (catedral, Under der linden o paseo de los tilos, puerta de Brandemburgo, etc. Hasta que, cansadas, nos subimos al autobús 100, que realiza un recorrido panorámico, y dimos en él unas vueltecillas.
Acabamos en Postdamer Platz, en el centro Sony, en un restaurante australiano (Conoboree) cenando sopa picante y carne de canguro (por cierto, bastante mala; una mezcla entre cordero duro y ternera vieja). Del restaurante fuimos a Gendarmer Mark (una de las plazas, para mi gusto, más bonitas de Berlín) que iluminada y con la suave luz reflejada por la nieve que no dejó de caer presentaba una estampa romántica y encantadora.
El segundo día comenzó con un café en Balzac Coffee desde donde nos dirigimos al emblemático edificio Tacheles y desde ahí comenzamos la visita al barrio judío. Comenzamos por el antiguo edificio de Correos, hoy sala de exposiciones, donde casualmente se mostraba una exposición de Annie Lebovitz (la verdad es que cuando vimos la cola para entrar nos colocamos en ella siguiendo a la gente, sin saber de qué se trataba, aunque por las carreras de todos intuimos que debía de ser algo importante; la cola se alargaba por segundos tras nosotras y en unos minutos era kilométrica así que se puede decir que “llegamos en el momento justo al sitio preciso”. La exposición era una maravilla y para mí, que me encanta la fotografía y que ya conocía Berlín, esto fue de lo mejor del viaje.
A continuación visitamos la Sinagoga Nueva y a punto estuvimos de mandar a todos los judíos a “hacer gárgaras”, por decirlo finamente, y seguir con nuestro paseo prescindiendo de esta visita. Debo mencionar que son sumamente desagradables (todos los que atienden al público en este edificio, desde los guardias de seguridad de la puerta hasta las dependientas de la tienda de recuerdos), absolutamente groseros y maleducados. Ya tuve esa misma sensación la primera vez que visité Berlín y entré en esta Sinagoga (que, por otro lado, no es nada especial). Y dejando de lado el aberrante trato que dispensan a los visitantes, que les dejan buenos dividendos ya que vale “una pasta” la entrada, dejando esto de lado, digo, esta gente está todavía obsesionada con que el mundo los sigue persiguiendo y quiere destruirlos por lo que las medidas de seguridad que hay para acceder al recinto no son menores que las de la Casa Blanca. Si se suma todo, la visita deja mal sabor de boca y es desagradable.¡ total, para lo que hay que ver!
Una vez de nuevo a salvo de un posible atentado, es decir, en la calle, nos dedicamos a pasear por el barrio judío. Produce una sensación rara y triste pensar que se está pisando el mismo suelo que en otros tiempos pisaron miles de personas en una situación tan trágica. Pero es muy interesante. Deambulamos por los patios de Sophienstrasse y acabamos comiendo en la plaza Hackescher Mark, después de ver el Hachesche Höfe de curioso estilo modernista.
Por la tarde visitamos, bastante deprisa, el palacio de Charlottengurg, al que logramos entrar por los pelos ya que estaban cerrando. Concluimos con un café en Kleine Orangerie, exótico invernadero transformado en cafetería-restaurante; muy acogedor.
Pero el día no había acabado y, después de merendar, nos fuimos a ver Check Point Charly, el emblemático y conocido puesto fronterizo que aún hoy se conserva como recuerdo de lo que antaño suponía cruzar el muro. En esta visita perdimos mucho tiempo porque, sin explicación lógica, nos confundimos de metro y fuimos a parar a una estación de nombre parecido pero “en el quinto pino” respecto a donde queríamos llegar.
(Hay una explicación ilógica: nos pusimos a hablar en el estación con un portugués simpatiquísimo que encontramos, y a hacernos fotos; y lo que es aún más chocante, cuando el portugués se subió al metro, nosotras nos subimos con él pero resultó que no llevábamos la misma dirección lo que explica que apareciéramos donde aparecimos; en nuestra defensa debo decir que el nombre de ambas estaciones era similar lo que provocó que tardásemos un buen rato en percatarnos del error)
Al fin logramos encontrar el famoso puesto fronterizo; nos hicimos la foto y volvimos al centro porque hacía un frío que pelaba y porque queríamos conseguir entradas para la visita nocturna del Reichstag . Hicimos cola un buen rato y a punto estuvimos de morir de frío en la puerta; pero lo conseguimos. Era curioso ascender por la archiconocida cúpula de Foster con su iluminación futurista.
Concluimos el día en un restaurante típico alemán cenando codillo con cerveza.
El último día en Berlín lo dedicamos, por la mañana, al Museo de Arte Moderno y a la Philharmonie, que si por fuera es impresionante, en su interior es impactante; la gran sala con forma de circo diseñada por Hans Scharoun ofrece una de las mejores acústicas del mundo y es sencillamente espectacular. Por desgracia, aunque lo intentamos, no pudimos conseguir entradas para asistir a un concierto esa tarde. Comimos en Postdamer Platz , al lado de la Philaharmonie mientras esperábamos que abriera la taquilla. Descartados los planes de asistir al concierto, tomamos un metro y nos dirigimos a la East Side Gallery , restos del muro que se conservan como museo al aire libre, y en el que artistas de 21 países han dejado su obra.
Aún esa noche, antes de cenar en una pizzería, paseamos por Alexander Platz, contemplamos el Rathaus (Ayuntamiento) iluminado y rematamos tomando un café en el Café Literario, que estaba cerca de nuestro hotel.
El martes fue nuestro último día en Berlín. Antes de dirigirnos al aeropuerto aún tuvimos tiempo de hacer unas compras en un mercadillo, visitar la Iglesia del Recuerdo (que impresiona bastante ya que se conserva destruida tal y como quedó tras los bombardeos) y dar unas vuelta por los famosos almacenes KaDeWe (similar al Corte Inglés de aquí)
A media tarde partimos para el aeropuerto donde estuvimos varias horas más de la cuenta ya que, también en esta ocasión, el avión llevaba bastante retraso. No obstante, al llegar a Madrid nos esperaba nuestro chófer particular con el microbús en el que tranquilamente llegamos a Albacete sobre la una de la madrugada.
El viaje, en fin, fue estupendo por lo que seguro que repetiremos el año próximo a otro rincón del globo.

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

CASABLANCA y RABAT (Navidad, 2008)

Este año, en el viaje de Navidad, hemos vuelto otra a vez Marruecos para conocer dos de las "ciudades imperiales" que nos quedaban por visitar: Casablanca y Rabat.
Pese a que todo el mundo nos lo desaconsejó (debido a su falta de atractivo) teníamos deseos de ir y así lo hemos hecho.
El viaje ha estado muy bien; pero, efectivamente, ninguna de estas ciudades tienen el menor encanto; nada que ver con Marrakech, Fez, Tánger o Meknes.
Volamos con Easyjet desde Madrid y hasta allí fuimos esta vez en tren. Llegamos sin novedad, pero en Barajas nos esperaba una sorpresita: ahora hay que pagar peaje para pisar el aeropuerto, si vas en metro; 1 euro, para ser exactos. Idea de la de los calcetines (Esperancita, sí) que se está cubriendo de gloria.
Los viajeros se debatían ante las puertas que les impedían el acceso (si no habían pasado antes por la maquinita del euro) entre la indignación, el desconcierto, la incredulidad y la risa. ¡¡Debemos de ser, seguramente, el hazmerreír de Europa!!
En fin, dejaré este tema que me indigna y seguiré con el viaje.
El avión salió en punto y dos horas más tarde estábamos pisando suelo marroquí.
Casa, como llaman los autóctonos a Casablanca, tiene, pese a la falta de encanto, buenas vibraciones. Al llegar, nos sorprendió la enorme cantidad de gente que había en el aeropuerto. Todos con túnicas blancas resplandecientes. Los accesos al mismo estaban vallados, impidiendo la entrada, y una multitud se agolpaba fuera esperando a sus familiares. Cuando estos aparecían, todos se abrazaba con fuerza y lloraban muy emocionados. Nos preguntamos qué podía suceder o si, tal vez, era normal el gentío y el comportamiento que observábamos alrededor.
El taxista que habíamos contratado para que nos recogiera en el aeropuerto nos explicó la cuestión: “Hoy es un día de fiesta muy especial aquí” -nos dijo en francés-; “toda esta gente vuelve de su peregrinación a la Meca y esto es algo muy especial para nosotros; algo que sólo sucede una vez en la vida. El primer deber de todo buen musulmán” Cuando lo supimos, nos resultó verdaderamente emocionante lo que estábamos viendo. La gente irradiaba felicidad. Nos contagiaron, y cada abrazo de ellos también nos emocionaba a nosotros que no pudimos reprimir alguna lagrimilla.
Los recién llegados se iban subiendo a los coches que los esperaban y observamos que todos los vehículos iban adornados con cintas de colores (rojas, verdes y blancas), sin duda para identificar a los viajeros. Esa es la tradición.
Tras un ratito de viaje llegamos a Casa. Una ciudad caótica (como todas) y bulliciosa. Nos hospedamos en el hotel Maamoura***, que habíamos reservado por internet. En este tipo de ciudades siempre es un riesgo elegir un hotel de tres estrellas (mínimo recomendable ****), pero optamos por él dadas las excelentes críticas que tenía en Tripadvisor. Y no nos equivocamos. Era estupendo: un antiguo edificio restaurado con estilo Art Decó, pero sin perder el encanto árabe; céntrico, nuevo, limpio y con un personal muy agradable. Nos dieron una habitación en la última planta con una terraza espectacular. Pinchad aquí para ver mi reseña en Tripadvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g293732-d652427-r23636309-Maamoura_Hotel-Casablanca.html
Sin ni siquiera abrir las maletas nos lanzamos a la calle a tomar contacto con la ciudad. Comenzamos tomando un café en la terraza del Golden Ice, en el Boulevard Lalla Lacout. La temperatura era estupenda (18 ºC) y el café exquisito (esto es algo que me sorprendió muy gratamente: hay en Casablanca muchísimos cafés con terraza, del tipo de los parisinos, y en general el café es fabuloso en todos; nada que envidiar al italiano)
Continuamos deambulando por la peatonal y bulliciosa Rue du Prince Moulay-Abdallah y llegamos hasta la plaza de las Naciones Unidas, uno de los centros neurálgicos de la ciudad donde se encuentra la mole del hotel Hyatt. Esto también es algo que nos llamó poderosamente la atención: las horrorosas construcciones de los mejores hoteles de la ciudad (todos en esta zona cerca del puerto) cuyo diseño se reduce a enormes estructuras cúbicas (o con formas geométricas similares) repletas de ventanas cuadradas y alineadas. Un espanto.
La plaza en cuestión está cerrada por un lado por las murallas de la Medina vieja en la que nos adentramos sin dudar. Aunque ya había anochecido, la vida bullía dentro de esos muros. Por las estrechas callejas miles de puestos y vendedores de todo tipo se agolpaban y pregonaban a gritos sus productos. Debo reconocer que, aunque supongo que a muchos les agobiaría este ambiente, a mí me encanta. Todo estaba a esa hora a rebosar de gente, aunque ya eran las 21:00 h. Paseamos entre el bullicio durante mucho rato para finalmente descubrir que en la zona sur-oeste de la muralla, por su lado exterior se encontraba el mercado de comida (verduras, frutas y pescados dispuestos de manera muy ordenada en carromatos o directamente sobre algún aislante en el suelo) y a continuación de ellos se extendía un sinfín de tenderetes callejeros en los que vendían bocadillos de salchichas con cebolla picada. Todo era muy cutre, muy oscuro y muy sucio. Sólo se vislumbraba la humareda de las parrillas y las bombillas o lamparitas de butano de los puestecitos. Aunque parezca una contradicción, era encantador.
Curiosamente, cada chiringuito tenía colocadas en fila unas cuantas sillas de plástico tras él, para que la gente pudiera sentarse a degustar el bocadillo que entregaban envuelto en un trozo de papel. En ese ambiente, nos mezclamos con la gente sintiéndonos parte de aquel mundo tan distinto al nuestro. Los únicos extranjeros éramos nosotros (no hay apenas turistas en Casablanca). Obviamente, cenamos allí.
Al día siguiente, tras el desayuno nos dirigimos al Mercado Central -nos gusta mucho visitar los mercados cuando estamos de viaje-, pero aunque era tarde (10:30 h.), aún estaban abriendo, así que decidimos visitar otra zona y volver más tarde.
Paseando por el Boulevard Mohamedd V nos topamos con una oficina de turismo así que entramos a pedir un buen mapa de la ciudad (ya que el de la guía del Trotamundos que llevábamos era muy pequeño); pero los que tenían eran igual de malos. No obstante, nos indicaron que debíamos visitar la zona de la Medina Nueva, al sur de la ciudad, que era muy interesante, cosa que haríamos dos días después.
Entre tanto, habíamos decidido ir al día siguiente a visitar Rabat así que nos dirigimos a una agencia de viajes a reservar los billetes pues queríamos ir en tren. (128 DH, o sea, 6 euros cada billete de ida y vuelta; baratísimo ya que Rabat está a 93 kms de Casa) Una vez conseguidos los billetes (cosa que costó bastante ya que no hablamos ni francés ni árabe y los de la agencia sólo chapurreaban inglés) nos dirigimos hacia la Medina vieja para visitarla a fondo, no sin antes tomar un estupendo café en la terraza del Café de Francia, en la plaza de las naciones Unidas, de donde daba pena levantarse ya que se estaba de maravilla allí.
A la hora de la comida volvimos al Mercado Central para echar un vistazo y comer en los chiringuitos de pescado que hay en su interior (recomendados en la guía del Trotamundos, que no suele equivocarse en sus consejos). De nuevo éramos casi los únicos turistas y, por ello, creo que nos timaron. Por cierto, algo que no me gustó de Casablanca es que intentan engañarte por ser extranjero, cosa que no nos ha pasado nunca en ninguna otra ciudad de Marruecos con tanta frecuencia como aquí. Realmente el engaño, desde el punto de vista de los precios de España, no es tal; pero si tenemos en cuenta los de allí, sí. Por ejemplo, en el Café de Francia o el Golden Ice, en pleno centro, cobran 15 DH (menos de 1,5 euros) por dos cafés en la terraza, servidos por un cameraro uniformado; y en un bareto normal de barrio, atendido por una chica displicente y con vaqueros, nos cobran 1 euro cada café, o sea, que es un engaño ya que no es el “precio oficial”, obviamente, por comparación.
Pues bien, en los chiringuitos del mercado nos “clavaron” con el mayor de los descaros; así que a todos los que leáis este post y vayáis a Casablanca os recomiendo que no se os ocurra comer en esos puestos porque os engañarán seguro. La cosa fue así: Estaban los chiringuitos a rebosar de parroquianos pues al parecer son muy populares entre los habitantes de Casa, y, al fin, conseguimos una mesita. Pedimos un plato de gambas, uno de calamares y uno de sardinas, con agua y coca-cola pequeñas. Y nos cobraron 250 DH (23 euros, más o menos) que es caro hasta para España. Pero lo peor fue que en la mesa de al lado había 4 personas adultas y gordas, tres hombres y una mujer, y pidieron 5 ó 6 platos grandes de pescados a rebosar, incluidas gambas, con agua y coca-cola de litro; pagaron con un billete de 100 DH y el camarero les devolvió. Supongo que sobra que comente nada más. Si hubiera sabido hablar francés les hubiera pedido explicaciones, pero como lamentablemente no sé, y como los camareros no hablaban inglés, tuvimos que pagar e irnos. No obstante, a todos los que vayan a Casablanca les avisaremos de que en los puestos del Mercado Central son unos sinvergüenzas y que hay cientos de sitios mejores (incluidos los chiringuitos de la Medina donde te comes un bocata fabuloso y calentito por 0,50 euros, y no tratan de engañarte).
Después de comer, un poco disgustados, la verdad, fuimos caminando por el paseo del puerto (Boulevard des Almohades) hasta la fabulosa mezquita de Hassan II. Pasamos por el famoso Café Rick´s, pero no entramos porque había dos “gorilas” en la puerta y no nos gustó eso mucho (de todas formas Humphrey Bogart e Ingrid Bergman nunca estuvieron en Casablanca y el café de Rick´s nunca existió; todo fueron decorados)
¡qué desilusión! ¿no?
La mezquita queda lejos del centro, así que esa tarde anduvimos bastante. La recorrimos por fuera y, la verdad, es impresionante, magnífica, y su situación (sobre el mar) increíble; aunque más adelante daré mi opinión al respecto.
Como estaba atardeciendo, sólo nos quedamos por allí una media hora (regresaríamos para visitarla con detalle otro día) y volvimos hacia el centro paseando por toda la avenida Moulay Joussef que es larguísima y está flanqueda toda ella por palmeras enormes; es muy bonita y agradable. Descansamos un poco en una terracita de un local muy cool donde pedimos un té a la menta que nos sirvieron acompañado de un vasito de agua muy caliente en la que había una ramita de hierbas sumergidas que parecían eneldo, pero que expelían un fuerte aroma diferente al olor de éste (supusimos que era para aromatizar el té, además de la hierbabuena que llevaba de por sí; aunque nosotros no lo probamos)
Continuando con nuestro paseo, llegamos al parque de la Liga Árabe, que es muy popular en Casa y que a esa hora estaba a rebosar de gente. La avenida lo atraviesa y a ambos lados se extiende un sinfín de kioskos y chiringuitos donde picar algo.
A continuación llegamos al Palacio de Justica, que es impresionante, y a la famosa fuente de luz y color (en la misma plaza), aunque ésta no era gran cosa; digamos, fuentecita.
Al llegar, por fin, al hotel, descansamos un poco y bajamos a cenar. Hicimos un gran descubrimiento: un pequeño local llamado “Salade Verte” en el que servían una estupenda harira (sustanciosa sopa marroquí, parecido a un potaje nuestro pero un poco picante) por 10 DH (menos de 1 euro) con pan y una pastita de postre. Exquisito.(en el blog tenéis una foto). Lo recomendamos a todos los trotamundos sin muchos recursos.
Para bajar un poco la cena, dimos una vuelta por el centro a ver el ambiente, que era muy animado a esas horas; mucha gente había salido a cenar y las tiendas, además, aún estaban abiertas.
Al día siguiente nos dirigimos a la estación (Casa-Port) para coger el tren de las 9:00 hacia Rabat que salió a la hora en punto (la puntualidad en esta ciudad, también en Rabat, es asombrosa) En Rabat nos sorprendió, igual que en Casa, la ausencia absoluta de turistas. Salimos de la estación que está en el mismo centro de la ciudad, en la Avda. Mohamed V que une el palacio Real con la Medina, y nos dirigimos hacia esta última. El día era lluvioso. En Rabat hay dos recomendaciones en cuanto a visitas: la Medina y la Kasbah. Callejeamos un poco por los tortuosos pasadizos de la Medina (que curiosamente está, en algunos tramos, cubierta con unas bóvedas de cristal de estilo modernista) y comenzamos a subir hacia la kasbah. Es impresionante; nos recordó muchísimo a Sidi-Bou-Said (un pequeño pueblecillo pintado de azul y blanco en Túnez)
y a Asilah (en la costa oeste de Merruecos) Sin duda, esto es lo que más merece la pena en Rabat. A parte de la diferencia en la arquitectura, el trazado y la localización (la kasbah es una fortaleza por lo que se encuentra en un lugar estratégico, en lo alto de un monte y rodeada de agua por uno de sus lados), lo que diferencia a ésta de la Medina es, según nos dijeron, que en la Medina hay comercio y viviendas, mientras que en la kasbah sólo hay viviendas. Es realmente preciosa y está asombrosamente limpia y cuidada. Y se respira una paz… Nos habían recomendado no dejar de tomar un té en el Café Moro, y así lo hicimos (nosotros añadimos al té unas pastitas que estaban deliciosas; entre ellas los famosos “cuernos de gacela” que a mí personalmente me encantan)
Con todo, se había hecho la hora de comer y nos dirigimos a la Medina para tratar de localizar un pequeño restaurante llamado “Widad” que recomendaba la guía del Trotamundos. Nos costó bastante ya que orientarse en el laberinto de callejuelas de las medinas es complicado; cuando creíamos que no lo conseguiríamos, lo encontramos. Y no nos defraudó porque, además de que la comida era sencilla y tradicional, el lugar era encantador y muy original. Para acceder a él hay que entrar en un portal de una vivienda y subir una escalera que, de tan empinada, produce vértigo. Al llegar al primer piso se entra en el restaurante que parece un bazar, repleto de objetos variopintos. En el álbum hemos puesto alguna foto. Os lo recomendamos. Tienen un menú con tajine (a elegir), ensalada marroquí y fruta o yogourt casero que está bastante bien. Además el dueño es un encanto. Mientras comimos cayó un diluvio, pero al terminar había dejado de llover por lo que pudimos seguir paseando para conocer la ciudad. Recorrimos de nuevo la Avda. Mohamed V pero esta vez en sentido contrario y llegamos hasta el palacio Real que, obviamente, no se puede visitar. Sólo lo pudimos ver por fuera. Hay una mezquita a su lado que es interesante. Descansamos un poco tomando un café en la famosísima pastelería-cafetería “Comedie” que estaba a rebosar de gente; el café era espantoso; había que pagar para entrar al aseo pero, por el contrario, la pastelería era fabulosa. Como era fin de año, cientos de personas compraban tartas y pasteles para las celebraciones (porque tanto en Casa como en Rabat, se celebra esta noche). Dimos una última vueltecita y tomamos el tren de regreso.
Al llegar a Casa, nos tomamos una harira en “Salade Verte” y, aunque pensábamos hacer algo especial, no hicimos nada al final porque yo no me encontraba bien: para mi desgracia, había cogido la gripe (lo cual supe días más tarde)
Al día siguiente, Año Nuevo, fuimos a visitar la Gran mezquita de Hassan II. Esta mezquita es la más grande del mundo y su minarete el más alto (200 mts). Es una bestialidad y no recuerdo la millonada que costó su construcción. Según nos comentó la guía, el rey construyó esta megamezquita para asegurarse un hueco en el cielo, aunque lógicamente lo hizo con el dinero del pueblo (de hecho, todo el mundo la pagó; en concreto, a todos los funcionarios públicos se les descontó un mes de sus sueldos con este fin) así la gente pensó que al colaborar en la obra también se aseguraban el paraíso. ¡Vaya tela! Cada vez que visito Marruecos me pregunto cómo es posible que ese pueblo pueda ser monárquico. No entiendo la monarquía en el siglo XX ó XXI en ningún lugar del mundo, pero muchísimo menos en países con esos niveles de pobreza. Es obceno. Pues bien, esta mezquita es otro elemento más de esa forma de entender la sociedad y la religión del pueblo marroquí (no diferente, por otro lado, al mundo católico europeo de hace unos siglos) En fin, la mezquita es increíble. Absolutamente inmensa por fuera y por dentro; un derroche de riqueza y lujo. Hemos dejado algunas fotos en el álbum. La visita al interior es guiada y en grupo (según los idiomas) pero tuvimos la suerte de que sólo había otra pareja española así que prácticamente fue una visita privada. Muy interesante. A mí me sorprendió mucho toda la parte inferior (me refiero a la planta sótano, digamos) que podía verse a través del suelo de la mezquita que era de cristal. Abajo había numerosas salas inmensas divididas en dos zonas, una para mujeres y otra para hombres, que eran prácticamente iguales respecto al diseño pero con decoración de colores diferentes. La sala de abluciones es impresionante, con enormes fuentes de mármol que asemejan flores. Preciosa. También hay baños turcos y un hamman, decorados con unos azulejos “que quitan el hipo”, y que, al parecer, son para uso y disfrute del pueblo (aunque yo no sé si alguien los frecuenta)
La visita duró casi una hora y, al salir, nos quedamos por los alrededores paseando, admirando la obra y charlando con la otra parejita española. Hacía un día precioso y claro, con mucha luz.
Nos bajamos al centro recorriendo bajo las palmeras toda la Avda. Moulay Joussef y , para celebrar el año nuevo, decidimos ir a comer a uno de los mejores restaurantes de la ciudad (según la guía del Trotamundos) que se encuentra situado al lado del palacio de Justicia, el “Al Mounia”. La verdad es que es un lugar precioso. Un pequeño palacete con jardín; el interior está decorado al más puro estilo árabe, con mucho gusto. Los camareros muy atentos y agradables. La comida, por supuesto, típica marroquí. Tomamos cus-cus de verduras, pastilla y té verde (todo buenísimo y nos costó sólo 350 DH, o sea, algo más de 30 euros)
Por la tarde cogimos un taxi y fuimos a un barrio llamado Habous, en el que se encuentra la Nueva Medina. Respecto a los taxis debo decir que son una maravilla (no me refiero a los vehículos que son viejos y destartalados; de color rojo) sino a lo estupendamente que funcionan: hay muchísimos, son muy baratos y siempre llevan puesto el taxímetro. Son muy “legales”
La Nueva Medina es una ciudad amurallada pequeñita, como de juguete (parece el decorado de una película), repleta de recovecos, callejuelas y cientos de tiendecillas de artesanía. Abandonamos la medina para adentrarnos en los barrios de alrededor, bulliciosos, caóticos y concurridísimos. Visitamos un mercado, aunque quizá sería más correcto decir que todo el barrio era un inmenso mercado (nos llamó mucho la atención un zoco exclusivamente de aceitunas; había, al menos, 50 tipos diferentes de aliños, o más. Muy curioso; y a mí que me encantan las aceitunas “se me hacía la boca agua” con los olorcillos.
Deambulamos toda la tarde por la zona y rematamos tomando un té a la menta en una terracita en la Medina.
Volvimos en taxi al centro y dimos un paseo hasta la estación de la ciudad (Casa- Voyager) para ver los horarios del tren que iba al aeropuerto (como estaba abierta la taquilla reservamos los billetes; costaron 70 DH, es obvio que este tren lo cogen especialmente turistas)
Al día siguiente tomamos un taxi que, en dos minutos, nos dejó en la estación donde tomamos el tren hacia el aeropuerto, que llegó como de costumbre con puntualidad alemana.
A partir de la llegada al aeropuerto comenzó la odisea. Para resumir diré que el aeropuerto de Casa era un caos y nuestro avión, que venía desde Madrid, llegó con 4 horas de retraso; el mismo con el que nosotros aterrizamos en Barajas (motivo: la huelga de pilotos y controladores) y causa de que perdiéramos el tren para el que teníamos billetes y todos los demás trenes del día que iban hacia Albacete. Tras la lentísima recogida del equipaje y las reclamaciones pertinentes en los mostradores del aeropuerto tomamos el metro para dirigirnos a la Estación Sur desde la que, según nos dijeron, salía un autobús a las 23:59 que tenía parada en Albacete. Al fin, a las 4:00 de la madrugada nos vimos en casa. ¡Hogar, dulce hogar!
Y hasta aquí el relato de nuestro viaje navideño. Espero que os haya gustado. Gracias

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

ALMERÍA. Cabo de Gata (Puente de diciembre, 2008)

Este año habíamos decidido pasar el puente de diciembre en plan de relax para lo cual elegimos la siempre tranquila costa de Almería. La primera opción fue el hotel Retamar en el Cabo de Gata, pero encontramos una buena oferta por internet en el hotel La Envia de cinco estrellas que incluía tres bonos por persona para el balneario que se encuentra anexo al hotel.

Hemos dejado la crítica en http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g187429-d1211887-r32233032-Envia_Hotel_Wellness_Golf_Almeria-Almeria_Costa_de_Almeria_Andalusia.html)

Salimos de Albacete el viernes 5 y volvimos el lunes día 8, así que pasamos allí dos estupendos días.

El viaje, aunque largo, transcurrió sin contratiempos y al atardecer estábamos instalándonos en una habitación de lujo. El hotel era precioso y la habitación inmensa, con unas vistas muy bonitas.

Bajamos a cenar, por cierto un buffet digno de un restaurante de 4 tenedores (tres seguro, al menos) y después dimos una vueltecilla por los exteriores del mismo. Aunque era diciembre, no hacía demasiado frío.

Al día siguiente, tras deleitarnos con un exquisito desayuno nos fuimos a dar un paseo por los alrededores del hotel, que no eran gran cosa (campo de golf, chalets...); luego bajamos a la costa con idea de picar algo por allí, cosa que hicimos en un chiringuito.

Por la tarde volvimos al hotel y, hasta la hora de la cena, estuvimos a remojo en el balneario. Una gozada. Especialmente curiosa para mí la zona de colorterapia con música chill-out. Relajadísimos bajamos al restaurante a cenar y con una peli en la tele dimos por concluido el segundo día. De este día debo destacar la curiosidad de que Amaral estaba en nuestro hotel porque esa noche actuaba en Roquetas y ocurrió algo gracioso relacionado con la artista: yo estaba haciendo fotos al hall del hotel para mi crítica en Tripadvisor y percibo que todo el mundo alrededor me miraba sonriendo; cuando pregunté qué pasaba me dicen que si había salido bien Amaral y yo pregunté: -¿qué Amaral? La verdad es que ni me había fijado en ella, pero la cantante, que justo salía en ese momento, me vio haciendo fotos y pensó que se las hacía a ella y, por lo visto, según me contaron después, sonrió para salir mona en la foto. ¡¡y yo fotografiando las mesas y plantas del vestíbulo!!¡¡Y ella posando!! Nadie se creyó que yo no la había visto y pensaron que estaba disimulando para poder hacerle las fotos. Cuando me acuerdo de ello no puedo menos que sonreír.

El domingo amaneció bastante soleado (no en balde dicen que en Almería hay 360 días de sol al año) y pasamos la mañana paseando por Roquetas de Mar que, debido a las fechas –supongo-, no tenía ninguna animación, aunque el paseo fue muy agradable. Comimos por allí y tras descansar un poco en el hotel volvimos a dejarnos caer por el balneario donde entre zumitos y chorros variados nos dieron las nueve de la noche. Cenamos y a la mañana siguiente pusimos rumbo a Albacete.

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

JORDANIA, Jerusalen y Damasco (Verano, 2008)

Este verano he viajado a un país al que hace tiempo tenía ganas de ir, Jodania, visitando además Jerusalem (Israel) y Damasco (Siria) . Sin duda, lo más emblemático y conocido de Jordania es Petra; y debo decir que sólo por pisar sus caminos merece la pena este viaje. Aquí os dejo un relato (algo largo, quizás) del mismo; espero que no os aburra y os anime a visitar el país.
¿Quién me iba a decir, cuando nos dieron las vacaciones de verano, que este mes iba a cumplir uno de mis sueños: conocer Petra? El verano comenzó sin muchas perspectivas de viajes; más tarde nos animamos y miramos algunas opciones en Sudamérica, pero ninguna nos convenció. Cuando casi habíamos desistido de movernos encontré en internet una oferta superbarata para ir a Jordania: un circuito “Petra mágica”. En cinco minutos lo teníamos decidido y reservado.
Aquí incluyo el album de fotos. Pincha en el album para abrirlo. Luego pincha en cada foto para ampliarla.
Ha sido absolutamente improvisado y todo un acierto: uno de los mejores viajes que hemos hecho tanto por lo que hemos visitado como por el grupo de gente con el que hemos compartido estos días.
Todos han sido unos compañeros de viaje estupendos. Realmente hemos formado un grupete muy majo, lo que ha hecho que este viaje sea incluso más especial.

Jordania es un país que debe su interés turístico principalmente a la ciudad nabatea de Petra (Patrimonio de la Humanidad desde el 6 de diciembre del 1985) No obstante, hay otros puntos de interés, que hemos podido visitar, a lo largo de su territorio.

El viaje comenzó el día 27 de julio y volamos directamente a Ammán, capital de Jordania, sin ningún contratiempo (salvo que el llegar al aeropuerto estaban los guías de todas las mayoristas esperando a sus grupos, excepto el nuestro que llegó tarde).
Nos repartieron, como es costumbre, por los hoteles respectivos según la opción de viaje elegida. La nuestra era la más barata: hoteles de tres estrellas; no obstante, estamos muy contentos porque los hoteles estaban bien (el de Petra, Petra Palace, especialmente bien) El hotel de Ammán se llama hotel Toledo (ver mi crítica en Tripadvisor:http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g293986-d579597-r18957500-Toledo_Amman_Hotel-Amman.html) Nos dieron una habitación en la 6ª planta que daba a una plaza con una mezquita (las vistas muy chulas, pero el ruido de la carretera no nos dejó dormir) Nos instalamos y salimos rápidamente para recorrer la Down town (ciudad baja o, lo que es lo mismo, la ciudad antigua) en la que hay que destacar los restos romanos y la ciudadela. El teatro romano está muy bien conservado (y restaurado) y en él todavía se llevan a cabo representaciones.

Ammán es conocida en la historia como Rabbath-Ammón, pero tras ser conquistada por Alejandro Magno en el 332 a. C. fue totalmente reconstruida por su sucesor Ptolomeo Filadelfo quien la bautizó con el nombre de Filadelfia (“la ciudad del amor fraternal”). La moderna Ammán fue fundada por el rey Abdullah, durante la I Guerra Mundial, convirtiéndola en la capital del reino hachemita de Jordania en 1950.

La zona centro (down town) se asienta en un valle rodeado de seis colinas; no nos podemos perder la animadísima vida callejera de este barrio, por el que deambulamos durante horas, entre las voces de los vendedores, el tráfico, los olores y colores de los puestos y la música árabe que sale de ellos. Como ya he dicho anteriormente, las numerosas ruinas romanas de la zona son testigo de la larga historia de la ciudad. Lo más importante es el Teatro romano, construido entre el 169 y 177 d. C., el Odeón (cuya función exacta se desconoce) y los restos del foro. También merece la pena el Ninfeo, restos de una monumental fuente pública dedicada a las ninfas acuáticas que ahora está siendo restaurada y que se encuentra detrás de la mequita de Husseín; además son curiosas la propia mezquita y, sobre la colina, la ciudadela en la que se pueden ver vestigios de construcciones romanas, bizantinas e islámicas; los restos más interesantes de ésta son, sin duda, los del palacio omeya de su interior (720 d.C.)

Durante la cena, de vuelta en el hotel, tuvimos el placer de conocer a algunos de nuestros compañeros de viaje con los que pudimos intercambiar las primeras impresiones sobre la ciudad.

El día siguiente emprendimos el viaje hacia Petra, donde pasaríamos dos días. Durante el trayecto realizamos algunas paradas en lugares interesantes como Madaba para visitar al iglesia ortodoxa de San Jorge en cuyo interior se encuentra un mapa de mosaico de una iglesia bizantina del siglo VI (el mapa más antiguo que se conoce del mundo bíblico); posteriormente subimos al monte Nebo (espectacular mirador sobre el valle del Jordán y el mar Muerto) desde el que, según la tradición, divisó Moises la Tierra Prometida.

En el plan de viaje se incluía la visita del castillo cruzado de Kerak, pero la sustituímos por “La pequeña Petra” (un aperitivo de lo que podríamos admirar al día siguiente).

Llegamos a Petra antes de atardecer, a tiempo aún de darnos un baño en la piscina del encantador hotel Petra Palace en el que estábamos hospedados, cenar y hasta dar un paseo con los amigos por los alrededores (ver mi crítica en tripadvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g318895-d308994-r18958800-Petra_Palace_Hotel-Petra_Wadi_Musa.html) El hotel está muy bien situado ya que se encuentra a 300 metros de la entrada de la antigua ciudad de Petra, hacia la que salimos a primera hora de la mañana siguiente. En unos minutos a pie nos encontrábamos en la entrada del desfiladero (Siq) que discurre a lo largo de 2 kms., estrechándose a cada paso hasta desembocar en el Tesoro (el Khanzeh), el monumento más conocido y fotografiado de Petra. Adentrarse en este cañón constituye una experiencia única.

Llaman la atención a lo largo del recorrido los tonos naturales de la piedra que pasan por el azul, verde, rojo o amarillo pero en el que destaca el rosado de las fachadas. Es precioso ver el cambio de tonalidades de la roca según va atardeciendo; al ponerse el sol es cuando mejor se ve el verdadero color rosa de la piedra (que al llegar nos pareció dorado). Os recomiendo que os quedéis en la entrada hasta que cierren, saboreando un té a la menta frente al Tesoro. Nosotros lo hicimos así y os aseguro que la visión de la fachada a la luz del atardecer y el ambiente de paz y de bullicio a la vez que reina en la plaza en la que se reúnen los camelleros y sus familia para volver a sus casas (los únicos turistas éramos nosotros), es una experiencia difícil de olvidar.

Petra, el mayor tesoro del país, es una ciudad excavada completamente en la roca hace más de 2000 años por los nabateos (pueblo nómada de origen árabe) cuyo máximo momento de esplendor fue entre fines del I a.C. y el 106 d.C. Abandonada tras ser conquistada por los romanos fue descubierta por el suizo Johann Ludwing Burckhardt en 1812.

El primer monumento y la puerta de acceso a Petra es el Tesoro; sobre si fue utilizado como templo o es una tumba es aún hoy un tema de discusión, aunque los estudiosos se inclinan por lo segundo y hoy se cree que es una suntuosa tumba real. El día transcurrió recorriendo cada uno de los senderos que serpentean entre tumbas, cuevas, ruinas romanas, templos, hasta llegar, por el Cardo Maximus, al Santo Santuarium de Qasr el-Bint, desde donde comienza el ascenso al Monasterio. Pese a lo impresionantes de la visita y del lugar, no voy a comentar mucho sobre Petra ya que se puede encontrar toda la información sobre ella en internet. Sí quiero recomendar que se debe dedicar, como mínimo, una jornada completa a la visita y realizarla hasta el final. Es decir, no debéis dejar de subir al Monasterio (tras ascender por una escalera de más de 800 escalones) Hay muchos burros que os pueden subir hasta arriba (por 2 ó 3 dinares =2 ó 3 euros). Nosotros subimos así y es muy cómodo, aunque se pasa algo de miedo a lomos del borriquillo subiendo por la escalera. No obstante, es todo un espectáculo la vista desde arriba y un placer tomar un té sentado o tumbado en la tienda beduina frente al monumento (fachada espectacular, que recuerda a la del tesoro, del único monumento de Petra que jamás fue restaurado). Las tumbas reales, los restos romanos o el castillo de la hija del faraón (enorme templo nabateo de planta cuadrada) son otros puntos ineludibles de la visita.

De vuelta en el hotel, nos esperaba un reconfortante baño en la piscina y una agradabilísima cena con los compañeros, ya amigos, en el jardín, un exquisito bufet al borde de la otra piscina (el hotel tenía dos)

El viaje continuó con una excursión, el día siguiente, en jeep por el desierto Wadi Rum; los coches eran un poco antiguos y descubiertos por detrás aunque con un toldete hecho de tela para protegernos del fuerte sol. En cada uno íbamos 6 personas y, la verdad, fue también una experiencia muy divertida. En este desierto se rodaron algunas imágenes de la película “Lawrence de Arabia” y se caracteriza por combinar las dunas de arena rojiza con los montículos de roca (de hecho su nombre Wadi Rum significa “valle de las pequeñas montañas”). Interesante ( aunque, personalmente, prefiero el desierto de dunas inmensas de harina finísima y dorada de Marruecos o Túnez). En el desierto realizamos una parada en una tienda beduina en la que pudimos saborear un té especial de la zona que era té verde al que añadían determinadas especias y plantas, y que tenía un sabor extraño.

Comimos en un restaurante allí mismo y continuamos viaje hasta el Mar Muerto (392 metros bajo el nivel del mar y que, junto con el valle del Jordán, es el punto más bajo de la tierra) que realmente es un lago al que surte de agua el río Jordán. Ahora está en proceso de desecación y el gobierno acaba de aprobar un programa de construcción de canales artificiales para evitar su desaparición. Lo que más llama la atención es el calor intensísimo y húmedo, que hace casi irrespirable el aire; da la impresión de estar en un invernadero. La experiencia de bañarse en sus calientes aguas merece la pena. Todos nos hicimos la típica foto de leer el periódico flotando en ellas. La proporción de sal de este lago, llamado mar, es del 30% por lo que es imposible ahogarse en él. Hay que tener mucho cuidado con los ojos y con cualquier herida o rasguño que se tenga, ya que el agua tan salada hace que escueza mucho cuando entran en contacto con esas partes. Una recomendación: no se os ocurra afeitaros si vais a bañaros en el mar Muerto a no ser que queráis “ver las estrellas”. Finalmente, debo decir que ver atardecer en sus aguas es algo muy bello. Nosotros hicimos unas fotos preciosas.

Los dos días siguientes, en Ammán, eran de libre disposición y nosotros decidimos aprovecharlos, ya que estábamos en la zona, para visitar Damasco (Siria) y Jerusalém (Israel) Respecto a estas visitas debo comentar un asunto que quizá interese a los viajeros; me refiero a la posibilidad de entrar y salir de esos países libremente (visados). Hubo comentarios acerca de que una vez visitado uno no se podía entrar en el otro, aunque realmente nadie tenía muy claro ese asunto. Yo, ahora os lo puedo confirmar: No hay problema para entrar a Israel desde Jordania o Siria (me refiero con el visado en el pasaporte de esos países); pero si se ha visitado Israel (estado no reconocido por algunos países) y vuestro visado lleva el sello de haber estado en él, no os permitirán la entrada a Siria, por ejemplo, con ese mismo pasaporte (creo que hay además otros países árabes a los que tampoco se puede entrar, pero no estoy segura de cuáles son). Esto hay que tenerlo en cuenta si se quiere visitar la zona. Nosotros fuimos primero a Siria y después a Israel y no tuvimos problema; al revés no podríamos haberlo hecho.

Respecto al viaje a Damasco, mereció mucho la pena. Es una ciudad preciosa, pero se ve más occidental (esa fue mi impresión) El único problema que vi fue el tiempo que se pierde en la frontera (dos horas de reloj a la ida y dos a la vuelta); aunque esto debe de ser normal por la zona, ya que cuando fuimos a Israel estuvimos las mismas dos horas para entrar (a la vuelta, para entrar en Jordania, fueron tres horas) Obviamente, esto es un inconveniente en una excursión de un día ya que se pierde mucho tiempo.


El viaje estuvo genial. Para empezar sólo íbamos 6 personas (tres parejas) en una furgoneta, con el guía y el conductor (como en familia); además había muy buena relación entre todos por lo que fue una experiencia muy agradable.

Damasco es conocida como Dimashq Ash Sham, “la ciudad del hijo de Moises”. Se trata de la ciudad más antigua del mundo ocupada de forma continua. Las primeras menciones escritas de esta ciudad datan del 2.500 a.C. y se hallaron en los yacimientos de Mari y Ebla. Fue habitada por asirios, persas, conquistada por Carlo Magno, incorporada al Imperio romano y más tarde (635 d.C.) ocupada por los árabes que la convirtieron en sede del califato Omeya. Posteriormente cayó en manos de los turcos. Es una ciudad preciosa que alberga un rico legado histórico fruto del mestizaje de siglos. El poeta árabe Ibn Jubair dijo de ella: “Si el paraíso está en la tierra, no hay duda de que es Damasco; mas, si está en el cielo, Damasco es el lugar que rivaliza con él y con él se equipara”. La mayor parte de los atractivos de este lugar se encuentran en la ciudad vieja, rodeada de murallas. Visitamos muchos lugares entre los que destacaría especialmente la Mezquita de los Omeyas; también son interesantes el palacio Azem, el zoco Al-Mamidieh y el mausoleo de Saladino.

La mezquita es excepcional. Nos llamó la atención que, además de ser un lugar de culto, también sirve de punto de encuentro, de reunión de amigos y familiares que charlan y se relajan en pequeños grupos, tumbados sobre la alfombra que cubre el suelo. El patio es espectacular y sorprende la decoración de mosaicos y un pequeño edificio octogonal sobre columnas y ricamente decorado que fue, en tiempos, la tesorería de la comunidad musulmana. La mezquita resulta muy curiosa con su planta de basílica. Es una mezquita muy particular. En su interior se encuentra un mausoleo con cristales verdes que guarda la cabeza de Juan, El Bautista. La historia de la mezquita es reflejo de las convulsiones que ha sufrido la ciudad: fue templo romano (Júpiter), iglesia cristiana, y finalmente templo musulmán. El conjunto es una joya, verdaderamente espectacular.

El Palacio Azem es un hermoso ejemplo de la arquitectura otomana del siglo XVIII. Fue la residencia privada del gobernador de Damasco. En la actualidad es un Museo de las artes y tradiciones populares y exhibe, en sus habitaciones, representaciones de escenas de la vida cotidiana.

En el zoco nos tomamos un helado de pistacho (exquisito) en la heladería más antigua de la ciudad y nos bebimos un riquísimo zumo de tamarindo (ofrecido por un “zumero”=similar a los aguadores, pero que sirven zumos naturales frescos)

La primera impresión de Siria ha sido estupenda. Es un país al que tenemos que volver con calma y recorrerlo por libre (Alepo, Palmira, Crac de los caballeros, Bosra...)

Al día siguiente fuimos a Jerusalem, donde llegamos a media mañana tras salvar todos los obstáculos del paso de fronteras. Lo que llama la atención al llegar son las extremas medidas de seguridad, vigilancia y control (incluso en el peaje de la autopista hay jóvenes con metralletas; no digamos, en la frontera). No obstante, una vez en la ciudad, me sentí verdaderamente bien y, en ningún caso, insegura. Me pareció una ciudad muy tranquila. Mi primera impresión (tal vez equivocada por desconocimiento) es que el problema es más con sus vecinos que la propia convivencia dentro de la ciudad. La gente se veía relajada y alegre. Una muestra era nuestro guía, un señor encantador, simpático, bromista, eficiente, activo y afable. Nos llevó, como dice un amigo, “volando” por toda la ciudad, pero gracias a él creo que vimos todo lo importante. El único problema fue que el grupo era excesivamente grande para un sólo guía (incluso así nos condujo con destreza y no perdimos a nadie) ya que íbamos un autobús y un microbús. La visita comenzó por el Huerto de Getsemaní, con sus olivos y la iglesia levantada en él. Continuamos hacia el Monte de los Olivos desde donde disfrutamos de una panorámica excepcional de toda la ciudad. A continuación bajamos hasta el templo de David (lo que queda de él) y pudimos acceder al Muro de las Lamentaciones. Me sorprendió que era más pequeño de los que pensaba y además hombres y mujeres rezan en espacios separados. Como manda la tradición dejé un papelito doblado en el muro con un ruego. De ahí fuimos paseando y atravesando el barrio árabe hasta la Vía Dolorosa, que me defraudó un poco debido a que estaba repleta de puestos, formando parte del zoco (la verdad es que me la imaginaba vacía y silenciosa y me sorprendió el ambiente festivo que se extendía a lo largo de ella) A continuación visitamos el santo sepulcro (que también impresiona) y la roca donde se inataló la cruz, para llegar después al restaurante donde comimos (bastante regular). Tras la comida hubo un ratito (minutos, ya que íbamos disparados) para hacer compras antes de dirigirnos al cenáculo (que no es donde se celebró la última cena sino un templo para conmemorarla) y a visitar la tumba del rey David. De vuelta al autobús vimos los restos que quedan de su verdadero templo (un trozo de muro y de columna) en una especie de pasadizo. Debo decir que, aunque no se sea creyente, impresiona estar en estos lugares que han sido tan importantes para tanta gente y que son la base de una cultura religiosa que ha tenido tanta fuerza.

Ya desde el autobús, al abandonar Jerusalem, pudimos ver parte del muro, el llamado “muro del Apartheid”, construido según los israelíes para impedir que militantes palestinos entren y atenten en Israel; y según los palestinos, para crear un bloqueo brutal, provocando la hambruna de los palestinos árabes que viven en Cisjordania y obligarlos a abandonar sus tierras, en un proyecto último de ocupar (robar) territorios y de judaizar Palestina. De cualquier forma, en mi opinión, no deja de ser “otro muro de la vergüenza” y su contemplación me produjo mucha pena. Pese a este sabor amargo que me dejó la ciudad, mereció la pena la visita y, dejando de lado la política, Jerusalem es un lugar que debe ser visitado más despacio, una ciudad muy bella, que emana fuerza (la de todas las culturas que se dan cita en ella) y que brilla con luz propia. Me encantó.

De vuelta en Amman nos esperaba una sorpresa: nos invitó nuestro guía, Sufian, a cenar en un lugar con nombre muy español, Don Quijote (Tawaheen Al Hawa), pero de ambiente muy árabe. Un lugar típico y muy acogedor en el que se come muy bien. Os lo recomiendo. Platos tradicionales y ricos. Aquí os dejo su dirección: Wasfi al-Tal Rd, Jubilee Gardens. Tlfno: (06) 5349986 / 5346060 / 5346363. Fue una velada encantadora y un fin de fiesta genial.

Al día siguiente nos dirigimos temprano hacia el norte, para visitar la ciudad romana de Jerash (conocida como Gerasa en tiempos romanos, y a la que llaman “la Pompeya del este”) que me sorprendió muy gratamente. Está bastante bien conservada y las tareas de restauración y excavaciones continúan hoy día. Sorprende en la entrada el Arco de Adriano que se mantiene en pie y la muy hermosa y elegante plaza oval rodeada de columnas jónicas. También son visita obligada el teatro (con una acústica sorprendente; construido entre el 99-92 d.C. y con cabida para 3.000 espectadores), el Templo de Zeus, la calle de las columnas (de 800 metros de longitud), el Ninfeo (enorme fuente pública) y el Templo de Artemisa en tres alturas (quizá el edificio más importante de la ciudad) que en su planta superior cuenta con enormes columnas corintias de excepcional construcción (la base es redondeada en vez de plana así el empuje del viento las hace balancearse pero sin crear tensión, por lo que se han mantenido en pie hasta hoy día) Impresiona mirarlas desde abajo. Debió ser un templo imponente. No en vano esta diosa fue la patrona de Gerasa.

Terminada la visita nos dirigimos al castillo de Ajlun, construido en 1185 y reconstruido en el siglo XIII por los mamelucos después de haber sido destruido por los mongoles. Está bien, aunque no es nada excepcional.

El día continuó con una agradable comida en un restaurante típico y una visita panorámica a la ciudad de Ammán. Casi todo el grupo nos quedamos en la parte nueva y pasamos la tarde juntos paseando por la calle peatonal de tiendas modernas (Wakalat street) y tomando café en la terraza del popular Starbucks. Concluimos la velada cenando en un lugar que Dani e Iliana habían descubierto el día anterior: Books@Cafe (Dirección: Jabal Amman, near 1st Circle (perpendicular a Rainbow Street, según creo, el barrio gay de Ammán) Tlfno: 962 6 4650 457) que tenía un ambiente genial, moderno y desenfadado. Nos acoplamos todos en una mesa en la terraza desde la que había unas vistas impresionantes de la ciudad at night. Es un sitio encantador y lo recomiendo encarecidamente. Además se cena por poco dinero (pizzas, sandwiches…). También hay conexión a internet (¡¡pero me parece absurdo estar en ese sitio tan especial y engancharse al ordenador!!) Es para disfrutar del ambiente y de la compañía.

Sirven también un estupendo “limón con menta” (tiene un nombre en árabe, pero no lo sé). No he comentado nada de esta excepcional bebida que es muy típica y consumida en Ammán y de un sabor estupendo, especialmente para los abstemios, como yo. Se trata de zumo de limón muy dulce con menta fresca (en unos sitios lo sirven con menta en hojas; y en otros, con la menta picada); de cualquier modo es exquisito y no debéis dejar de probarlo. Nosotros lo vamos a hacer aquí porque nos encantó. Esa agradable velada que pasamos todos juntos charlando y riéndonos sirvió de despedida ya que, desgraciadamente nuestro viaje terminó al día siguiente. Pasamos la mañana paseando por la ciudad vieja, impregnándonos de sus aromas, sus colores y sus sonidos para llevarnos frescos los recuerdos de ella. Nos tomamos un último limón con menta y a la una nos recogieron para llevarnos al aeropuerto del que salimos con dos horas de retraso. El viaje de vuelta fue algo pesado, pero llevábamos en nuestra mente los recuerdos de los maravillosos días vividos en Jordania y de las personas que allí habíamos conocido.

No puedo terminar sin citar varias cosas que me han llamado la atención en este país: En primer lugar, no hay perros (salvo los pastores de ganado). En segundo lugar, siempre hace mucho viento, tanto que los árboles suelen estar inclinados por cualquier zona. Y, en tercer lugar, no hace tanto calor como se dice (¡puedo asegurar que en Albacete hace mucho más!)

Espero que este relato no se haya hecho demasiado pesado, y que quien lo lea se anime a visitar Jordania. Ya dije al principio que sólo por pisar Petra merece la pena el viaje.

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

ZARAGOZA (Agosto, 2008) La Expo, Veruela y el Moncayo

Tratando de evitar el calor que hace en Albacete este verano, hemos hecho una escapadita a Zaragoza para visitar la Expo que, aunque nos ha sorprendido pues la esperábamos mucho peor, no es tan bonita como al de Sevilla; si bien consideramos que tanto una como otra suponen un gastazo absurdo para un país. Pero a pesar de nuestras reticencias nos encaminamos hacia allá el día 10 de agosto.
El viaje ha sido rápido y a la hora de la merienda estábamos entrando en Vera del Moncayo, un pequeño y tranquilo pueblecillo en el que se encuentra el famoso monasterio de Veruela(donde estuvieron una temporada los hermanos Bécquer y donde el escritor compuso algunas de sus leyendas).
No obstante, cuando llegamos una multitud abandonaba la zona y es que eran las fiestas y había encierro de vaquillas en la plaza (por desgracia, nuestro alojamiento era una casa rural encantadora pero situada en la misma placita en la que han tenido lugar todos los actos y espectáculos, incluida la verbena nocturna)
No me gusta llegar a un pueblo en verano y que sean las fiestas porque prefiero la tranquilidad aunque, una vez aquí, no estuvo tan mal.
Nos hemos hospedado en una casa rural llamada Villa de Vera (la crítica, como siempre, en Tripadvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g187448-d1389857-r25763353-Villa_de_Vera-Zaragoza_Aragon.html#CHECK_RATES_CONT
La casita tenía dos habitaciones en la tercera planta, que era en la que estábamos nosotros; una era la nuestra y la otra de una pareja de moteros alemanes. Ya que había vaquillas, nos instalamos en la habitación y salimos los cuatro a una terraza que daba a la plaza a ver los bichos corretear por allí; a duras penas pudimos intercambiar algunas palabras con nuestros vecinos de habitación ya que ellos no hablaban ni español ni inglés y nosotros no hablábamos alemán..
Después, cuando se despejó la plaza, nos fuimos a buscar una tienda para comprar víveres para el desayuno y algo para picotear en las cenas. Nuestra habitación daba a una terraza enorme con mesa y sillones desde la que había una vista impresionante de la sierra. Desayunar y cenar al fresco (demasiado fresco para mi gusto) sentados en ella ha sido un verdadero placer. Hecha la compra, dimos un paseíto hasta el monasterio de Veruela al que se llega desde el pueblo a través de una alameda muy coquetona (1 km. más o menos); picamos algo en una terraza-jardín que encontramos y nos acostamos pronto ya que estábamos cansados del viaje.
A la mañana siguiente nos encaminamos al monasterio pero sólo pudimos coger hora para la visita por la tarde así que, cambiamos los planes y nos fuimos a Tarazona de Aragón, una ciudad mozárabe muy interesante por la que callejeamos hasta la hora de comer (muy curiosa la plaza de toros octogonal) Comimos un menú de día en un local que nos recomendaron los lugareños y que resulto muy bueno y barato.
Por la tarde volvimos a Vera para la visita guiada del monasterio fundado en 1145 y perteneciente en su origen a la orden del Císter. Tras muchas tutelas fue declarado Monumento Nacional en 1919 y desde 1976 es propiedad en usufructo de la Diputación de Zaragoza. El monasterio es precioso y ofrece un conjunto muy armónico.
Como nos quedaba un poco de luz nos acercamos a ver un pueblecillo que había cerca llamado Trasmoz.
Al día siguiente lo dedicamos completo a patear la Expo. Al llegar, nos colocamos en una de las mil colas que había para sacar las entradas y casi nos da un “yuyu” del calor que pasamos disueltos entre una enorme multitud de gente apretujada. Una vez franqueada la entrada nos tomamos un café bien cargado y comenzamos la ruta por los diferentes pabellones. No nos apetecía guardar más colas así que íbamos visitando aquellos en los que no había que esperar para entrar y, con esta técnica, la verdad es que vimos muchísimos.
Comimos en el restaurante argentino que nos costó una pasta pero en el que nos sirvieron el solomillo más tierno y delicioso que hemos probado nunca. Fuimos a este restaurante porque lo vimos recomendado en el suplemento de El País la semana anterior. Por suerte llegamos a la hora justa y sólo esperamos unos minutos; cuando salimos la cola para entrar era kilométrica.
Por la tarde vimos el desfile que era muy original y moderno, un poco con aire surrealista, pero curioso por los seres que desfilaban, sus atavíos y los artilugios que presentaban o los extraños mecanismos en los que iban subidos. Después oímos un concierto comiendo un helado y fuimos rápidamente a coger sitio en primera fila para ver el espectáculo nocturno en el río (el del famoso iceberg) al que nosotros denominamos “el espectáculo de los pingüinos suicidas”. Pasamos un frío espantoso y el espectáculo no nos gustó nada. El principio era deprimente: una fila de pingüinos se tiraban desde lo alto del iceberg al agua contra la que chocaban produciendo un sonido sordo y desagradable, y más tarde sus cuerpecitos salían a la superficie flotando y parecían cadáveres de pingüinos que se dejaban arrastrar río abajo. Un espanto (los bichos eran de plástico, obviamente). Mientras los animalillos se perdían entre las aguas, el iceberg comenzó a abrirse (eso fue lo único chulo, junto con el bocadillo de jamón que nos zampamos allí sentados) y apareció una horrible cabeza gigante con unos ojos descomunales que giraban en sentidos diferentes y que daban más miedo que otra cosa (era digno de ver la cara de susto de algunos niños y la de pasmo de sus papás). El resto, un montaje temático de luz, imagen y sonido sobre el agua, pretendía concienciar al auditorio sobre la necesidad de ahorrar pero lo hacía con imágenes y música tan desagradables que producía una extraña sensación de angustia y, por ello, rechazo. Demasiado moderno para mi gusto. Rara la música, la iluminación, el sonido y mal elegida la puesta en escena que podía haber sido mucho más atractiva. (me recordó la campaña de tráfico en la que se pretendía concienciar a la gente mostrando dantescas y sangrientas escenas de horribles accidentes)
En fin, congelados y casi de mal humor volvimos hacia nuestro confortable refugio.
El penúltimo día lo dedicamos a la naturaleza visitando el parque de la Dehesa del Moncayo y haciendo unas rutitas por éste. Después de comer, dimos una vuelta en coche por los alrededores para conocer el entorno y los pueblecitos de alrededor (Añón, Alcalá, Litago...)
El día 14 por la mañana temprano tomamos nuestro último desayuno (magdalenas y batidos de chocolate) en esa maravillosa terraza con vistas y emprendimos la vuelta a Albacete. El cruce de Madrid fue algo complicado pero a las 21:00 estábamos cenando en otra terracita: la de nuestra casa, en Albacete (aunque con mucho más calor, todo hay que decirlo).

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS

MARRAKECH (Febrero, 2008)

El ya tradicional “viaje anual de las chicas” durante la semana blanca nos ha conducido este año a Marrakech, una ciudad muy especial para mí. Hemos pasado en ella 5 días y ha sido un viaje para no olvidar, tanto por volver a esa ciudad “mágica” (en mi caso) como por la estupenda relación que se dio entre todas (incluso sin conocernos previamente algunas de nosotras)
También, al final de la entrada, hay una postdata con dos sugerencias.
De las cinco amigas que fuimos a Milán el primer año, en que surgió la idea de hacer este viaje, ha ido aumentando el número hasta las 9 que hemos ido en esta ocasión.

Lo primero que quiero destacar ha sido la brillante idea de contratar un microbús para que nos llevara al aeropuerto de Madrid y nos recogiera a la llegada para traernos de vuelta a Albacete. A todas nos pareció genial y especialmente a mí que soy de las que siempre conducen. Como digo esa idea fue estupenda y creo que la vamos a adoptar para los viaje sucesivos.

Nos alojamos en un riad, Riad Bakara. (Ver mi crítica en tripadvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g293734-d654319-r13603440-Riad_Bakara-Marrakech.html) que era un lugar espectacular, mágico, un palacio de las mil y una noches. Podéis visitar su web en esta dirección: http://www.riadbakara.com/ Lo alquilamos completo (sólo dispone de 4 habitaciones) para nosotras por lo que era como tener nuestra propia casa en el centro de la ciudad. Sus dueños, una joven pareja francesa (creo), son encantadores y la estancia en su establecimiento ha sido un verdadero placer. Ambos hablaban inglés por lo que no hemos tenido problemas de comunicación con ellos; pero no sucedió igual con los chicos que vigilaban el riad y que sólo hablaban árabe y francés, con los que hablábamos por el universal idioma de los gestos. Siempre he dicho que tengo que aprender francés; no perfectamente, sólo lo esencial para poder comunicarme en esa lengua. ¡De este año no pasa que empiece a estudiarlo!.
Volviendo al alojamiento: los desayunos, una maravilla (muy ricos y en un entorno encantador; recomendable: el yogur (exquisito) Os lo recomiendo a todos (es un lugar de ensueño para ir con la pareja) Yo estoy segura de que volveré.
Bien, volamos a Marrakech con Easyjet, sin ningún problema. Al llegar nos esperaban unos chicos del riad para llevarnos a él (merece la pena que te recojan pagando un poco más por la habitación) Nos instalamos y salimos a tomar contacto con la ciudad. En 5 minutos nos encontrábamos en la famosa plaza de Djem´a el Fnac que a esas horas de la noche estaba en todo su apogeo. Cenamos, estupendamente, en el café N´Zaha contemplando desde su terraza el bullicio nocturno de la plaza. Al fin, un tajine auténtico y en ese ambiente (¡¡un placer!!). Obviamente, debo decir que hay gente algo delicada con la comida que no suele probar nada (o poco) cuando viaja, especialmente a países como Marruecos. Yo, en cambio, lo pruebo todo y, la verdad, me encanta la comida marroquí y , en general, la de todos los lugares. Por ello, defino como “un placer” degustar un tajine de verduras, o un cuscús (llamado antiguamente alcuzcuz, del árabe kuskūs) o una pastille (masa de hojaldre rellena de carne de pichón con especias) en el marco incomparable de Marrakech.

Debo decir que, aunque conozco la parte nueva de la ciudad (Gueliz), para mí Marrakech es la medina, ahí está su encanto; de hecho, la parte nueva no la hemos pisado en este viaje.

El segundo día comenzamos recorriendo la medina y visitando algunos de los lugares emblemáticos que se esconden entre sus callejas.

En primer lugar, el Palacio El Badi, construido en un tiempo record de 25 años por Ahmed al-Mansur en 1578. Sólo conserva la estructura de lo que fueron sus 360 estancias ricamente decoradas con mármoles, pan de oro y mosaicos; pese a todo el lugar es muy seductor. Llama la atención la enorme cantidad de cigüeñas que ocupan sus murallas y que han construido sus nidos a lo largo de almenas y torreones.

Posteriormente nos dirigimos a las tumbas saadíes; el conjunto alberga varias kubbas alrededor de un cementerio invadido por las flores. En su interior dos mausoleos con tres salas el primero (tumba de Mulay Ahmed al-Mansur que reposa rodeado de sus hijos bajo una cúpula de cedro dorado, soportada por 12 columnas de mármol de Carrara); y el segundo, con una única sala, que alberga bajo su cúpula de estalactitas pintadas la muy venerada tumba de la madre de Mulay Ahmed al-Mansur.

Tras una reconfortante comida frente a las tumbas (sin alcohol, por supuesto) nos dirigimos al Palacio de la Bahía (“de la bella”, apodo de la favorita). Construido hacia 1880, fue la rica mansión del visir Ba Ahmed. Es una obra maestra del arte marroquí.


Continuamos paseando hasta el minarete de la Kotubiyya cuya construcción se remonta al siglo XII y que sirvió de modelo para la Giralda de Sevilla.

El día finalizó contemplando la puesta de sol, saboreando un exquisito té a la menta, en la terraza del café Glacier desde el que se tiene una panorámica privilegiada de la plaza de Djem´a el-Fnac, cuya transformación al caer la tarde es un espectáculo que merece la pena disfrutar. Nadie debería perderse esta experiencia. La plaza es un inmenso teatro al aire libre. Durante el día está repleta de encantadores de serpientes, vendedores de zumos, clarlatanes, bailarines, músicos, mujeres que te decoran el cuerpo con henna, etc. A cada paso se puede ver un espectáculo diferente. Pero al caer el sol se transforma, en cuestión de minutos, y con la llegada de la noche se convierte en un inmenso restaurante al aire libre muy animado. Cientos de chiringuitos de comida despliegan sus alas y ofrecen al visitante los sabores de la ciudad a muy buen precio: aquí los turistas se entremezclan con los autóctonos para degustar todo tipo de carnes a la parrilla, pinchos y pescados preparados a la vista del cliente que se sienta en unos bancos alargados alrededor del cuadrado que forma cada tenderete, en cuyo interior se preparan los platos. Por supuesto no son aptos para tiquismiquis y escrupulosos ya que la limpieza deja bastante que desear. No obstante, en mi opinión, perderse esto es perderse algo fundamental de Marrakech (además yo ya he comido en ellos en varias ocasiones y nunca me ha ocurrido nada)

El día siguiente nos acercamos a ver el barrio de los curtidores y las tenerías, que no son nada especial (en comparación con las de Fez) y visitamos dos lugares muy interesantes y recomendables: el Museo y la madraza de Ben Youssef.

Respecto al museo, lo más interesante es el edificio; se trata del palacio Dar M´Nebhi, uno de los más bellos de la ciudad, construido a principios del XIX. La madraza, por otro lado, es una visita imprescindible y curiosa. Es uno de los monumentos más interesantes de la ciudad. Esta gran escuela coránica tiene capacidad para albergar a 900 alumnos alojados en un centenar de celdas visibles en el primer piso.

Ese mismo día, decidimos pasar la tarde en los famosísimos jardines de La Menara, un lugar para el relax muy frecuentado por turistas y oriundos. Llegamos al lugar en coche de caballos lo que nos permitió disfrutar además de un agradable paseo. Según cuenta la leyenda, este pabellón servía para los encuentros galantes de los sultanes que tenían la costumbre de “quitarse de encima” a la afortunada de turno, ahogándola al amanecer en las aguas del estanque. No obstante, hoy es el lugar de paseo preferido de los enamorados. La noche nos deparó una cenita en los chiringuitos de la plaza (a la que sólo fuimos cuatro de nosotras) Mi recomendación: el número 31.

El día siguiente lo pasamos en Essaouira a donde fuimos en autobús. Esta encantadora ciudad, rodeada de murallas, es la antigua Mogador, que aún hoy luce a orillas del Atlántico con sus casas pintadas de blanco y sus motivos azules. Essaouira fue en tiempos el puerto de Tombuctú y una encrucijada entre las tribus del norte y del sur. La mezcla de distintas culturas la ha convertido en un enclave privilegiado donde la mayor parte de su población se dedica a actividades artísticas (pintura, escultura, música, tejido…) El extraordinario ambiente de ciudad de las artes ha incitado a numerosos artistas a instalarse en ella temporal o definitivamente en ella: Orson Welles, Jimi Hendrix, Cat Stevens… Es un verdadero placer dejar correr el tiempo paseando por la medina, recorriendo el bastión y también, como hicimos nosotras, deleitarse con una espectacular mariscada en El Chalet de la Platge (un agradabilísimo restaurante a pie de playa).

Nuestro viaje tocaba a su fin y el último día lo dedicamos a patear la medina y los zocos para llevarnos ese sabor de la ciudad de la que nos despedimos con una buena comida en el restaurante Dar Moha; que merece la pena sólo por ver el palacete en el que está instalado. La comida, además, fue excepcional; al lado de una piscina de preciosos mosaicos, en un entorno de ensueño.
Y este ha sido nuestro viaje a Marrakech; para mí, junto a París, la ciudad a la que nunca me canso de volver. No sin motivo, nuestro escritor Juan Goytisolo vivió a caballo entre las dos, pero se afincó en esta última, donde decía “vivir con su tribu”. Y es que la ciudad ejerce una atracción irresistible para el visitante, en cuyo recuerdo permanece durante mucho tiempo. Sus olores, sus colores, sus sonidos, su gente, sus puestas de sol, su ajetreo y su caos; todo ello es un verdadero placer para los sentidos.
P.D. (Si cabe una post data en una entrada de blog) Como ya he dicho en otra entrada no voy a escribir nada sobre otros viajes anteriores a este año porque no tengo tiempo (no por falta de ganas); pero, respecto a Marruecos, sí me gustaría recomendar dos sitios especialmente: Asilah (un pueblecito en la costa atlántica) y la medina de Fez (Patrimonio de la Humanidad) Y si alguien lee esto y ha decidido bajar al sur, al desierto, os recomiendo una dirección en Merzouga (Albergue Atlas du Sable (el cojo)Tlfno: 0021255577037 ali.elcojo@caramail.com Es un lugar auténtico y encantador, regentado por un cojo (el hombre es cojo de verdad, aunque no le molesta que lo llamen así; de hecho, mirad su email) que chapurrea todos los idiomas. Por las noches los encargados tocan y cantan con los que están allí hospedados; te sientes parte de aquel mundo. Está alejado de todo y en absoluto masificado. Os encantará. (Es muy, muy sencillo: dispone de algunas habitaciones y jaimas en el desierto. OJO: no recomendable para los escrupulosos que seguramente lo consideren “cutre”)

  • Digg
  • Del.icio.us
  • StumbleUpon
  • Reddit
  • RSS