LANZAROTE (Puente de diciembre, 2009)

Este año hemos decidido pasar el puente de diciembre en Lanzarote (del 4 al 8).

Hace tiempo que deseábamos conocer las islas Canarias, pero por un motivo u otro nunca nos decidimos. Ahora, por fin, lo hemos hecho y hemos visitado Lanzarote; tenemos que decir que estamos encantados porque es un isla preciosa que aún conserva el aspecto natural de aquellas zonas afortunadas en las que la especulación inmobiliaria todavía no ha clavado sus garras.
Salimos de Albacete a las 7:30 con dirección a Madrid, bajo un cielo gris que amenazaba tormenta y un frío “pelón”. El viaje transcurrió sin sobresaltos aunque bajo una espesísima niebla la mayor parte del camino. Llegamos sin novedad al hotel SHS en el que dejamos, como siempre hacemos, el coche y desde el cual nos trasladaron a la T1 de Barajas donde nos encontrábamos a las 11:10. Aunque había mucha gente, tuvimos suerte y en unos minutos estábamos al otro lado del control, tomando un café (espantoso, como suele ser el de los aeropuertos) y esperando el embarque.
Pese a un pequeño retraso, a las 15:30 aterrizábamos, con unos maravillosos 22ºC y un sol radiante, en el aeropuerto de Lanzarote en el que nos esperaba el Seat Altea que habíamos alquilado.
Sin problema ninguno llegamos rápidamente a Arrecife, donde teníamos el hotel reservado que era el Diamar (muy bien situado y fácilmente accesible desde la autovía del aeropuerto). Como siempre he dejado mi crítica en tripadvisor: http://www.tripadvisor.es/ShowUserReviews-g187478-d1007935-r55302587-Hotel_Diamar-Arrecife_Lanzarote_Canary_Islands.html
Cogimos la habitación y nos deleitamos un rato en la terraza con las maravillosas vistas de las que disponíamos (justo encima de la playa) para a continuación salir a dar un paseo para tomar el primer contacto con la ciudad. Anduvimos por el paseo marítimo y llegamos hasta el castillo de San Gabriel al que llegamos cruzando el puente de la Bolas. Estaba atardeciendo y la luz del sol a esa hora con el contraste del azul del mar y la antigua piedra de la fortaleza eran un panorama inigualable. El primer contacto con la isla no pudo, pues, ser mejor.
Continuamos callejeando por el centro de la ciudad que es muy pequeña pero agradable (tomamos un cola-cao en una cafetería del centro, en la calle principal) y concluimos el día al lado del hotel, donde hay un Gambrinus en el que nos aplicamos una buena cena (papas con mojo -¡cómo no?-, croquetas de ibéricos, puntas de calamares y una exquisita sopa de cocido casera).
El segundo día nos levantamos temprano porque queríamos visitar el parque nacional de Timanfaya y no deseábamos hacer cola para entrar. El parque se encuentra cerca del pueblo de Yaiza y a toda la zona se le llama Montañas de Fuego. Fue declarado Parque Nacional en el año 1974 y en él se pueden encontrar distintos testimonios de actividad volcánica, como alineaciones de volcanes, calderas de explosión, grietas eruptivas, lagos de lava y malpaíses. En la actualidad, el Parque Nacional de Timanfaya es uno de los parajes más bellos y espectaculares del mundo.
Llegamos, pues, de los primeros y no tuvimos que esperar ni para acceder al parque ni para tomar el autobús obligatorio en el que se realiza la visita alrededor de 14 Kms. entre calderas, cráteres y espectaculares formaciones rocosas de lava volcánicas (que se llamaban de dos formas según el tipo de formación que se creaba una vez solidificada la lava: lavas aa, malpaís y pahoe-hoe (lavas cordadas).
Tras hacer la ruta verdaderamente espectacular, nos tomamos un café en la cafetería y vemos la demostración de las fumarolas.
De ahí nos dirigimos al centro de interpretación y posteriormente a Los Hervideros (formaciones rocosas de lava que se han originado al entrar ésta en contacto con el mar produciéndose cuevas y grutas por las que entra el agua salada y rompen con fuerza las olas. De ahí vamos al Charco del chico (pequeño lago, de 8 metros de profundidad, de agua de extraño color verde intenso producido por las filtraciones en una playa salvaje)
Para comer, nos dirigimos a El Golfo, un paraíso natural en la zona oeste de la isla. Nos acomodamos en un restaurante llamado Costa Azul (caro, pero muy recomendable; en un enclave privilegiado con un servicio exquisito y una comida fabulosa), sobre las mismas piedras de la playa y allí nos deleitamos con un exquisito arroz con bogavante y unos mejillones al vapor. Daba pena abandonar este lugar porque era verdaderamente maravilloso; y el tiempo acompañó también pues disfrutamos de un sol radiante y una temperatura muy agradable por lo que pudimos comer en una mesita al aire libre. Tras el café, tomamos la carretera de la costa y bordeando ésta nos dirigimos a Playa Blanca haciendo unas cuantas paradas por el camino; una que mereció mucho la pena fue el faro Pediguera desde el que se podía contemplar la isla de Fuerteventura. Una vez en Playa Blanca, que es una localidad preciosa, recorrimos sus callejas (todas en colores verde y blanco) y el paseo marítimo (en una de cuyas terracitas nos tomamos un helado) comprobando que, aunque saturada de hoteles, mantiene el aspecto natural por el tipo de edificaciones que, al igual que en el resto de la isla, se ha conseguido integrar perfectamente en el paisaje. Una de las cosas que más nos ha sorprendido en Lanzarote es precisamente cómo se ha logrado conservar el entorno y, a la vez, creado infraestructuras para el turismo. Realmente, nos pareció una isla encantadora.
De aquí volvimos a Arrecife por una serie de carreteras secundarias que nos ofrecían unos paisajes maravillosos: Femés (con un estupendo mirador desde la altura), Puerto Calero, Playa Grande, Puerto del Carmen (muy animada a esas horas), etc. Al llegar a la ciudad nos dirigimos al hotel después de comprar algunas provisiones para la cena en un supermercado cercano regentado por chinos y que siempre permanecía abierto.
El día tercero nos levantamos un poco tarde y, tras el desayuno, nos encaminamos a la parte este de la isla. Comenzamos visitando el monumento al campesino, un estrambótico, blanco, grande y moderno monumento en piedra con un precioso centro de artesanía al lado; éste se encuentra instalado en una antigua finca tradicional de típica construcción isleña en colores blanco y verde; de ahí nos fuimos a ver la Fundación César Manrique que se encuentra ubicada en una de las casas de las que el artista fue propietario. Tiene dos plantas: la superior (más museo) y la inferior (vivienda excavada en la propia lava) denominada “las burbujas” que se halla distribuida en estancias cuyos nombres responden al color predominante en su decoración y mobiliario (burbuja roja, burbuja blanca, burbuja verde...). Lo más sorprendente y curioso es el enorme jardín volcánico de pahoe-hoe de que dispone la casa. Tiene además una piscina muy coqueta en un jardín interior bajo el nivel del terreno. Toda ella es realmente ¡una pasada!.
Desde aquí nos dirigimos al Jardín del cactus, diseño también de César Manrique (como casi todo aquí) que resulta una creación interesante construida utilizando una cavidad existente: diseño circular con el interior formando terrazas superpuestas circulares también en las que se disponen cientos de especies de cactus y que se extienden alrededor de una zona central ajardinada. Por supuesto, perfectamente integrada en el ambiente. En el terreno se pueden observar numerosos ejemplares de Lagartos de Haría, una especie endémica, símbolo de la isla (la guía dice de ellos que son "pequeños y graciosillos" y hemos puesto una foto de estos bichos en el álbum).
Una vez visitado este Jardín Botánico Autóctono cogimos el coche para dirigirnos a la costa y visitar los Jameos del Agua (un jameo es un tubo vocánico derrumbado: los tubos volcánicos son un tipo de canal subterráneo de curiosa formación. Cuando se produce una erupción, la lava sale al exterior y fluye por las laderas del volcán. La parte externa y superficial de lava se va enfriando y endureciendo, mientras que en su interior continúa siendo líquida y sigue fluyendo hasta que desaparece. Cuando esto ocurre, se forma una cavidad a la que se denomina tubo volcánico. Si una parte se la superficie del tubo se desploma se forma un jameo, por el que se pude acceder al interior del tubo). A mí, personalmente, no me ha parecido nada interesante ni este agujero ni todo el turístico complejo en el que se ubica y que dispone incluso de un auditorio construido en la roca. Hay que destacar que el jameo estaba repleto de una especie de cangrejitos blancos cuyo nombre no recuerdo y que, al parecer, sólo viven aquí. Para los zoólogos debe de ser importante. Además, es el tubo más largo de Europa con sus 6 Kms. de longitud.
A continuación bajamos a comer a un pueblecillo costero llamado Orzola y nos decidimos por un pequeño restaurante del puerto cuyo nombre era Bahía (menú del día por 10 € y pico, con cocido canario, un pescado grande y raro a la plancha muy fresco, acompañado de papas con mojo, bebida y postre) Muy bien.
Dado lo poco que nos había gustado el jameo, decidimos suprimir la visita que teníamos prevista para la tarde a la Cueva de los Verdes (que también es un jameo) y nos dirigimos al Mirador del Río: un restaurante en la zona alta desde la que hay unas vistas fabulosas de la costa y de la isla La Graciosa.
Antes de volver a Arrecife bajamos a dar un paseo por a Costa Teguise que, aunque muy turística, es bastante agradable.
Ya en la capital, visitamos el castillo de San José que es hoy el Museo de Arte Contemporáneo y nos fuimos de compras al centro, a dar una vuelta por el Charco de San Ginés y después al cine a ver “2010”, tema del diluvio universal en versión moderna.
El último día, pasamos un buen rato disfrutando de la terraza al sol y de las vistas y luego salimos a dar un último paseo por la capital: el Almacén (obra también de Manrique), café en el Charco, paseo marítimo, etc.
A última hora de la mañana recogimos y nos dirigimos al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso. Unos días maravillosos en una isla maravillosa. Un destino muy recomendable. Volveremos.

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